Yo solo quería una crema de dientes

Salí por una crema de dientes a las seis de la tarde y volví a media noche borracho.

El atardecer vacila entre la luz y la oscuridad, yo visto chanclas y con una camiseta amarilla de letras rojas, me libro de perezas y decido ir a la tienda a comprar la crema de dientes que escasea en casa. Ya estoy cansado de meter el cepillo dentro del empaque de la crema, cortado a la mitad con una tijera.

Jaco y Sergio me acompañan, y cuando pasamos el portón de casa aparece ella con un vestido blanco difuminado de azul y con un canguro negro colgado en su hombro izquierdo. Decide venir con nosotros para recibir un poco de ese aire que emana el cielo en verano luego de un aguacero refrescante.

Foto por: Silvia Daniela Vélez

Todo equilibrio es frágil, y cuando ella posa su vida en mi existencia ese tal equilibrio se rompe y me convierte en una algarabía constante.

La panza del cielo es gris, una promesa de lluvia nocturna. Ella camina pero no está ahí. Sus ojos parecen perdidos recordando las raíces que la afligen. Aunque anhela soledad mi compañía transforma sus deseos, y esboza sonrisas cuando mis manos tímidas juegan a pellizcar a sus hombros.

Compro la crema y caminamos de nuevo a casa. Ella reclama un plan, y yo, sin más ideas que mis cotidianidades, le ofrezco una cerveza en algún bar. Jaco y Sergio se van. Son las siete y en dos horas tengo una comida hecha por amigos argentinos. Unas mollejas en salsa.

Está sentada conmigo en una mesa oscura, las luces apaciguadas iluminan amarillo sobre las fachadas, carcomidas por el viento del pueblo. Está sentada conmigo, pero sus pensamientos están en otro lugar. Sus ojos, por costumbre estáticos sobre mí, cambian de posición para engañar al tedio. La cebada, paulatinamente, vuelve la tranquilidad a sus movimientos y por fin, se centra en nosotros.

Los leves ataques del viento sobre sus pecas entrecierran sus párpados, e inevitablemente regala una sonrisa al aire, y yo, que tenía la palabra, prefiero el silencio, y ella pregunta qué cosas pienso.

Las botellas de cerveza transpiran goterones frescos, la etiqueta se desprende al roce de la uña, y la efervescencia en la boca nos limpia los prejuicios y nos acercamos a un paraíso, o infierno, donde tenemos a la sinceridad anclada a la lengua y somos libres porque corremos con entramabas manos apretadas y sin los harapos que visten la buena impresión y los buenos modales. Estamos los dos heridos, estamos los dos felices.

A ella le encanta burlarse de la vestimenta de nuestros vecinos de las mesas del bar, y yo me divierto inventando disparates y creando monotonías de vidas que no quiero vivir.

Mi mano juega a estremecer las cosquillas de sus muslos, y los besos, en frente del gentío, los damos lentos, abriendo cada tanto los ojos, y tranquiliza a nuestras lenguas el pensamiento de estar en el bar del pueblo más triste del mundo donde no hay nadie que nos pueda atormentar.

Son las nueve de la noche, y pienso que tal vez si me tardo media hora, pueda llegar, algo impuntual, para comer las tales mollejas que me prometieron hace un par de semanas. Así que decido confiar en mi concepción del tiempo y guardo el celular para no mirar más la hora ¿Han visto cómo mira un perro cuando recibe un hueso para roer? Así miro yo cuando la veo a ella volver del baño con dos cervezas más en la mano y con la picardía de sus labios afirmando que la noche la alargaremos hasta hacerla crujir.

Como nunca lo fuimos, nos hacemos sinceros, y es tan adictivo hablar sin ser juzgado que en media docena de cervezas no nos alcanza el desahogo. Ella tan pollo al disco y vacaciones en Disney, yo tan lentejas trasnochadas y viajes a Villavicencio. Soy tan eso que no le sirvo de esperanza. Ella tan tan que no puedo abarcarla. Nos sabemos diferentes, pero nos reconocemos en los dolores, y, mejor aún, en la esencia con que logramos vivir a pesar de lo poco o lo mucho o la nada.

Una brisa llena de puntitos transparentes a la mesa. Nos ponemos imparciales y nos definimos como esos que actúan diferentes al sol y a la luna. Porque en el brillo del día, con los trajines de las cotidianidades nos olvidamos de los colchones en el suelo y del helado en la madrugada, y al asomar la noche, el corazón nos pide compañía ¿Y qué mejor que la nuestra que vive a un balcón de distancia?

La eternidad es tan efímera, y más cuando atravesamos la vía de su boca entre Córdoba y Pereira. Recuerdo que la última vez que confié en mí, todo terminó mal, y miro la hora en el celular. Es más de media noche. Las mollejas deben de estar frías o comidas, menos mal me enseñaron a aguantarme la vergüenza.

Y volviendo a casa, entre beso y beso, me doy cuenta que estoy dispuesto a seguirle el plan a la picardía de sus labios que me propusieron, con dos cervezas en mano, una noche extendida. Hay ciertas invitaciones en las que me siento impedido para rechazar.

Daniel Muriel

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