Noche en Vela

Foto tomada por Silvia Vélez

Estoy cargando en las pestañas el tamaño de un mundo imaginario. Cierro los ojos y veo una película que mezcla ilusiones verdes y realidades grises. La noche es amiga y enemiga. Un día abraza y un día se empeña en dar pelea. No entiendo los designios de un cielo negro, pero nada es un accidente.

En mis poros es domingo por la tarde. Sueño con la decoloración amarilla del pasto al atardecer como recuerdo de infancia. No me llena. No hay quietud en mis dedos. Finjo. Olvidé de qué color es la paz.

En la almohada no me hallo y el colchón gastado se siente agotado de mis noches que esperan algo o a alguien, no sé si la búsqueda es física o mental. Debe ser su delicada presencia, porque me sobra en la cabeza y me falta en la piel. Todo se basa en que las horas estruendosas pasen rápido y se vaya el vendaval nocturno del corazón desierto que espera turno para la compañía del sol.

Voy y vuelvo por caminos pedregosos y floreados. Dualidades, recuerdos adversos y el más claro, a pesar de un par de tragos, es un amanecer de la semana pasada, diáfano y vivo, jugando al cíclope, como diría Cortázar. El futuro es lóbrego. El hoy, tus ojos. Día y luz.

El peso persistente de la luna se acomoda en mi cuerpo y me pide que haga algo, que duerma o reaccione. Que la saque de mi cabeza o la busque y la bese, pero no la piense. ¿Por qué me gané los reproches de la luna? ¿Qué sabe ella de extrañar una boca?

Jacobo Jurado

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