Salerno

A una ciudad como esta… “¿cómo como?”… Pues así toda apeñuscada, con callejones estrechos de olor húmedo, donde el cielo se asoma como un arroyo celeste y desnutrido ante los ojos de los caminantes.

Foto por: Jacobo Jurado

Este laberinto de balcones que se acarician entre sí, tiene siempre una fuga al mar, mar que baña la silueta sinuosa de este pueblo grande.

Todos los días florecen los graznidos de las gaviotas de aleteo triste, que en su altura esbozan lamento por nosotros los humanos: así tan bípedos, así tan desprovistos de alas.

Los techos terracota, las iglesias en cada esquina. La ciudad virgen de hábitos modernos. Las montañas enanas, ola diminuta que no rompe, referencia para los pescadores que en silencio odian el mar, pero aman su agua.

Este istmo cojo, abrumado por la solidez de sus espaldas. El viento ¡ah!, el viento, tan afable, tan traicionero. Enemigo de sombrillas, aliado del verano, colega del invierno.

Gentes de color granate pasean por las calles. Sus lamentos, esos gritos que arriba en el norte no se oyen, o no se quieren oír.

Con el cielo arropado de negro, la ciudad se viste de un amarillo embriagador rebosante de paz. Se camina un equilibrio agradable con el deseo de que la noche no acabe nunca, a pesar de la oscuridad, a pesar de la añoranza del sol, porque cada farolito es una estrella que calienta aunque enfríe.

Cada portón devora personajes trasnochados, cada fachada se alimenta de soledad. Después el alba, primero gris, luego azul, luego día.

A una ciudad como esta no se la puede describir.

Aquí arriba parece estancada en el tiempo. Un arrume de casas, la saturación construida, y luego la amplitud del mar.

Como si dos mundos chocaran por accidente para continuar creando esta mole agradable que bautizaron ‘Salerno’.

Daniel Muriel

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