Reunión colombo-argentina

Decía cantando Facundo Cabral, “si he elegido ser águila fue por amor al gusano”. Me levanté con esas diez palabras y con un guayabo acumulado de cuatro días, y justo hoy estoy encaprichado con vencerlo y emborracharme otra vez en las sinuosidades coquetas de la Costiera Amalfitana. Estoy cumpliendo años hace cinco días.

Foto tomada por: Junior Orlando

Vaciaría el mar con mis compadres si este emborrachara. Camino a la playa con Jaco, hombre de actitudes nobles y voluntades endebles, solo tenemos plata prestada y ansias del trago que los argentinos llevan para enrumbarse. Sentados en nuestra sobriedad somos unos muchachos tímidos, pero cuando rueda el fernet con un trío de hielos, nos volvemos un par de sinvergüenzas. Esos, ese dúo de borrachos que abrazan a todo el mundo y miran con ojos de agüita de mar queremos llegar a ser cuando seamos grandes.

Hay un cumpleaños, mujeres bailando cumbia que suena como merengue, pieles de camarón, argentinos imitando muy mexicano el acento colombiano y nosotros con el sueño mentiroso de morirnos en Carlos Paz.

Sergio, con ojos desorbitados, dice que lo único que tenemos en la mano es el presente, y que su abuelita decía, “este presente es como una nube que pasa”, yo le respondo, después de ver a una cordobesa destapando una botella de vino, que si encontramos a una, a una sola  persona que esté más feliz que nosotros le pegamos cuarenta y siete puñaladas y le llenamos la panza de piedras. Él suelta carcajadas sorprendidas con intervalos de un segundo y dice “qué culiao que sos”.

Y vuelven a mí otra vez las diez palabras, “si he elegido ser águila fue por amor al gusano”. En este estado de inconsciencia lo comprendo todo. Soy esclavo de mi libertad porque los míos nacieron con ataduras que hoy por hoy los privan de mantener una felicidad constante.

No nos bañamos dos veces en el mismo río, ni en el mismo mar, pero sí me gusta pensar que esa agua fría que cubre mi cuerpo colorado ha bañado a los que hoy están muy lejos de mí. Aquí agarro mi cuatrico y mi ron y me voy a abrazar a mamá, hablo con papá de cómo traicionan las mariposas, y bailo con mi hermano esa cumbia villera que tanto escuchan esta parranda de argentinos degenerados.

Para conocer el calor hay que sufrir el frío, recuerdo que me dijo un día mi hermano, entonces a grito herido pido que me pongan Como Quema el Frío, porque ellos hoy están fisurados por la helada realidad. Conozco mi libertad por mis compadres en la cárcel, soy libre de tomar del melón lleno de vino blanco y hielitos que Igna mantiene en las manos. “Tomá culiao”, chupo del pitillo del mate hasta recordarme ajeno de perfecciones, y me voy corriendo donde se une la arena y el mar y donde unas pecas arrulladas por un par de pómulos inflados se ríen de todos mis disparates de borracho.

Al volver veo a Jacobo y a la Coti abrazados y Pablo, el sacerdote hincha de Talleres de Córdoba, está por unirlos en santo matrimonio, entonces grito ¡Yo me opongo! porque Jaco es uno de los grilletes que me atan a la felicidad. De esos grilletes tengo un buen par. Danni le preguntó a Eduardo Galeano sobre los parceros, las llaves, y él contestó, “aquella llave que sin importar lo malo que yo pueda llegar a ser, siempre abrirá la puerta”.

Foto tomada por: No nos acordamos

Pienso entonces, después de bailar con la Sofi Ras Tas Tas en la arena caliente, en mis llaverías: El Negro y el fútbol, Arias y sus amores, la autenticidad de Japo, la trascendencia de Paito, Cristian y sus melodías, Ryan y nuestro greñero, Danni y Tuluá, Diego y su argentinidad al palo.

Me dieron tanto que mi propósito en la vida para con ellos es ser feliz a su lado.

Ser feliz siempre, llorar feliz porque se está triste. Ser feliz por Edward, por Consuelo, por Jairo, por Gabi.  

El sol se esconde detrás de las montañas salernitanas, el cielo se arruga, el trago se acaba y nosotros tenemos que adivinar cómo volver a casa. Caminar, caminar por ir y no por llegar. Ya mañana nos preocuparemos de los cuatro exámenes que tenemos que presentar en ocho días.

Daniel Muriel

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