Onómina vol. 7

Foto tomada por Margarita Rosa

¿A dónde fueron las historias que algún día escribí?

¿Y las conversaciones que jamás tendré?

Las letras se ríen de mí, porque ya no me definen, me evitan y las pierdo.

Ya no existe ese calor que arropaba mis profundos pensamientos al escribir.

Se extinguió la lucidez y el ingenio.

Ahora solo quedan unas cuantas palabras al azar: antónimos.

Solo queda una gran incomodidad para todos, un infortunio para mí.

Porque odio los concursos, no solo los que he perdido,

También la satisfacción de haberlos ganado.

Odio los susurros y la flama azul de la estufa;

Las emociones fuertes y la poca comprensión de las personas;

Los abrazos largos y el amor extraño de otros.

Odio las arañas, los conejos y las plumas;

Las sonrisas sinceras y los halagos.

A los trece años sentencié mi disgusto por pensar, entender y criticar.

Siete años después, se siente igual de real, poderoso y doloroso.

Las llamas ya no crecen, la belleza no me inspira,

Las columnas se caen solas y el mundo se desaparece ante mis ojos.

Mis sentimientos no han madurado, siempre con rodeos; siempre escondida.

¿Seré alguna vez la mujer jovial y viva que siempre quisiste que fuera?

¿Seré algo más que cartón y marfil, un par de botones sin sentido y un agujero en el pecho?

Quizás sea un lugar común, poco habitable, algo silencioso y reducido.

Un largo camino hacia la duda y el sinsabor de haber existido,

La falsa libertad, la angustia compartida y la continúa culpabilidad.

No hay más, no hay fuerza, tampoco pasión.

Este es y será un eterno guayabo que ya ni reconozco como vida.

Margarita Rosa

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