Cualquier cosa te puede suceder

Me desperté con ganas de ser ateo en cinco religiones y con el recuerdo de ella endosando un vestido escarlata con cara de quien vacila, una mujer cobarde con huellas de polvo en su labial sangriento.

Foto tomada por: Silvia Vélez

Hoy veo a un perro solitario quejándose de la luna y su luminosidad azulada, un cuadro atado a la impotencia, al imposible, entonces un disparo de esperanza me permite blasfemar con canciones su innombrable cintura, cintura de callejones oscuros, de delirios marcados. Carne al fin y al cabo. Piel enmarañada en el pasado con sus historias que salvan a los cielos grises y a las gaviotas perdidas.

No quepo en sus querencias y lloro, pero lloro por mí porque en la edificación de mi madurez las grietas permiten reconocerme joven y loquito. Así que el llanto se convierte en sonrisa y ese es mi salvo conducto para que me tema el amor. No nací para no amar. Ese disfraz harapiento no me calza.

En mis sueños, mientras mantengo las nubes con mi espalda, me apiado de ella, de la pavura con que planea su vida, y lloro de nuevo porque su mundo se construye a través de cimientos monótonos, asegura tanto su paz que me aburre amar ese cultivo de silencio y tranquilidad, porque Consuelo me parió para hacer ruido y vivir en un constante desorden que me prohíba no darme cuenta que estoy vivo, y también para saber que Alétheia no se encuentra solo soplando y haciendo botellas.

Yo que creía perder cuando ganaba, yo que pensaba salvarme a la orillita de un río de lava, yo tan vacío de pretensiones perfeccionistas, tan azuzado por los vicios que me matan y me hacen sentir vivo.

Cualquier cosa te puede suceder, dice la salsa.

Cualquier cosa te puede suceder, dice la vida.

Cualquier cosa te puede suceder, dice Edward.

Cualquier cosa me puede suceder. Hoy la erupción y la necedad. Mañana la marea y lo divino.   

Daniel Muriel

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