Milza

Un cúmulo de personas se agolpa en las laderas de la cuadra principal de Penta, un pueblito escondido del mar sobre dos montañas, con un ligero aire a las colombianas. Hay cabecitas que miran hacia arriba  los fuegos artificiales, que se expanden en el cielo azabache como explosiones de gardenias, o tantas otras que vigilan los mensajes en las pantallas de un celular. Una niña reposa arqueada sobre los hombros de su papá, que ante la imagen de San Rocco enarbolada por las paredes de dos callejones, se reconoce tan pequeño como la distancia que me separa del bar Santa Lucía, el único que vende cerveza barata en cien metros a la redonda.

Un río de estatuas benditas, pesantes, de rostros lizos, adornados con flores recién cortadas en el huerto de algún creyente. Ese cauce de humanos de fe me prohíbe pasar, y si así quisiera, debería trepar dos cuadras y lanzarme al río bravo de ayunos y promesas para que este me botara en el portón del bar Santa Lucía, y si no contara con tan buena suerte, me arrojaría en el portón del edificio de ese antiguo idilio, dos cuadras más bajo, en la casa de la rubia Serena Lucía.

 A la espalda del torso desnudo de San Rocco, elevado por un altar de madera impulsado por los hombros de los feligreses, una papayera entona rezos alusivos a la divina misericordia del tal Rocco. Suenan percusiones, vientos, voces creyentes, otras ateas que buscan cervezas o mercachifles, y las paredes adornadas con estructuras de arabescos coloridas y brillantes de unos 10 metros de largo y tres de ancho, guindan alegres el carnaval religioso. La aborrasca se calma y nado hasta el otro extremo del río humano. Compramos la Peroni, la cerveza de los ‘muratori’, de los que camellan en la ‘constru’.

 Un bazar de juguetes sin impuestos, la venta de cayo crudo normalizada con sal y limón, mazorca asada al mejor estilo de las salidas de los circos, pan, y camisetas de fútbol. Una hilera de personas aguarda ansiosa por un panino de cuatro euros, ya sea de chorizo, de hamburguesa o de milza ¿Qué es la milza? ¿Cómo se come? El dueño del negocio, de cabellos de armiño, sonrisa rendida y voz jocosa, me vende la idea, o nos la vende, y soy el único que cae, que la milza es un plato exquisito, manjar de dioses, dioses locos y borrachos que como centinelas vigilan las verbenas que celan y celebran. Acepto la milza, y al morderla, un tren de añoranza me lleva al comedor, de mantel roto, repleto de pegotes de fríjol, lentejas o sopa de sancocho, donde mi abuela con su voz aguardientoza, insiste en que si no me como el hígado que hay en el plato no voy a poder comer nada más en el día. Y apenas es la una de la tarde.

 Casi vomito con ese recuerdo. Era bazo, ese órgano que mantiene el equilibrio de los líquidos del cuerpo que sabe igual al hígado y que en Colombia llaman pajarilla. Solo comí medio. Me regalaron un vaso de vino en señal de disculpa, y yo en señal de disculpa, ante las más de diez personas en el mundo que mueren de hambre al minuto, no hice nada. Nos bajan del bus de regreso al pueblo por tener la cerveza de los constructores en mano. Caminando a casa, veía de nuevo la explosión de gardenias en el cielo. Rojo, lavanda, verde, amarillo y al final oscuridad inmensa. No me despido de San Rocco y nos devolvemos a casa en otra noche más de verano italiano.

Daniel Muriel

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