Mi primer y único tarrito rojo

Zumbido

La avasallante soledad de un viernes en la noche. Nada que hacer, en la casa encerrado frente al computador, esperanzado en que algo me sacara del aburrimiento, de la realidad, de no hacer nada un fin de semana de vacaciones. Vaya suerte, vaya desgracia.

La esperanza se convirtió en un hecho. Tres llamadas perdidas como ave de mal agüero; era Juako, el enviado de mismísimo infierno disfrazado de amigo de clases. De inmediato me sacó de la casa y me llevó más allá de donde mis sentidos hubieran querido ir.

El lugar, una discoteca de barrio, las mismas canciones bailables de hace 10 años. Amigos de infancia, reconozco a unos cuantos. A unos, el tiempo les esculpe sus rostros con facilidad, a otros, sencillamente les escupe en la cara. Botellas van y vienen, baile, un trago, baile, otro trago, y poco a poco todo pierde importancia, todo se vuelve etéreo y el resto del mundo queda atrás.

Euforia

Encienden las luces blancas, tanta luz no deja ver, pero si dan a entender que la fiesta ha terminado. 3:00 a.m. y los ánimos efervescentes de veinteañeros borrachos atornillados a su rutina, quieren darle continuidad a su volátil euforia. Abriéndome camino entre sacos de carne andantes más ebrios que yo, busco la salida, reconozco a unos cuantos amigos, cuchichean entre ellos, expectantes de que algo o alguien pase – ojalá estén cuadrando el remate – procuro pensar, mientras un golpe de aire frío intenta en vano, despertarme un poco.

No sé de donde apareció, posiblemente fue ese ventisca quien trajo un vehículo con dos personajes que hablaban del domicilio, del precio, de la calidad y de la hora de la entrega. Mi cabeza solo daba vueltas, no pensaba en nada, simplemente estaba ahí, estando sin estar.

La moto se desvaneció en el fondo de la calle con su ruido hasta donde mi vista lo permitía ver, no entendía lo que pasaba pero aún así comenzamos a andar, ¿hacia dónde? No lo sé, yo solo intentaba hacerme responsable de mi propio saco de carne y no abandonarme en el camino. Cuando menos pensé, mis amigos tenían una poción contenida en un tarrito rojo, que en medio de mi perturbación reconocía como un frasco de una inyección.

Ellos lo manipulaban, lo pasaban por su rostro y formados en línea, casi de mayor a menor, yo era el penúltimo de derecha a izquierda, o eso creo. Y en ese mismo sentido la pócima contenida en aquel tarrito rojo iba pasando de mano en mano y de nariz en nariz, y automáticamente cada uno de ellos, unos 6 ó 7, estallaba en una especie de euforia frenética, una reacción en cadena, como un efecto dominó que tarde o temprano alcanzaría a esta borracha ficha.

Yo simplemente era un espectador, ebrio pero con algo de consciencia y dignidad, ¡vaya dignidad! Hasta que el tarrito rojo llegó a mis manos. No se si fue por el efecto dominó de la presión social, por la ebriedad o porque la curiosidad fue más fuerte.  -Uno borracho si hace muchas maricadas – pensé mientras repetía las acciones que había visto hacer a los demás con el tarrito.

Un fuerte olor a químico, a detergente, a pegante industrial, de esos que se sienten en el aire al entrar a una ferretería o a un taller mecánico. Aquel tarro despedía un penetrante olor que recorrió todas mis vías respiratorias; entró quemando mi nariz, calentó mis ojos, nubló mi vista por un instante y por un momento sentí que mi cerebro crecía casi hasta el punto de estallarse. Floté en cúmulos de alegría, como niño chiquito millonario en juguetería, me entregué a la euforia colectiva de querer ser uno con el todo y por supuesto, de querer más fiesta gracias al efecto del famoso popper.

Profundidad

En mi onda hippie nunca estuve de acuerdo con las drogas no naturales o químicamente procesadas y jamás pensé introducirle a mi cuerpo nitrito de amilo, que fue en otrora, como muchas otras primigenias sustancias psicoactivas, utilizado para tratar enfermedades, en este caso para curar la angina y venía envasado en ampolletas que se rompían, produciendo un chasquido o «pop», para ser inhalado. De ahí su chapa de «popper».

El viaje en el frenético tren continuaba, no sé por cuántas horas caminamos, pero cuando fui un poco consciente cavilé en cómo carajos un remedio para las anginas se había convertido en el auge de las fiestas de la música disco en los años 70’s y luego llegaría a los  rave de los 80’s y 90’s para popularizarse entre la población homosexual por sus efectos de vasodilatadores de los vasos sanguíneos, relajando los músculos lisos (como el de los esfínteres) y produciendo una intensa sensación de alegría, lo que explica por qué en los principales almacenes de productos sexuales, el popper se encuentra en las estanterías empacados en pequeñas y coloridas botellitas con nombres como Buzz (zumbido), Rush (euforia), Deep (profundo) y Hard On (erección) convirtiéndose en un desinhibidor social y sexual, para finalmente llegar a ser consumido en un barrio cualquiera de Pereira.

Con ese sentimiento de culpa con el que cargamos todos los colombianos, también me sentí como un delincuente, como el peor de los drogadictos al haber consumido popper, y es que dentro de mi ignorancia desconocía que el popper es tan legal en nuestro país, como comprar sus equivalentes en otros productos; aromatizadores de ambiente, sales de baño, fertilizantes para plantas, incluso es comercializado como producto de limpieza de computadores y su venta es libre al público, pues es considerado como sustancia psicoactiva y no estupefaciente. Lo raro es entonces, ¿por qué carajos venden limpiador de computadores en una sex shop?

Despertar

Cuando terminé ese divagar de mis pensamientos vagabundos pero profundos de borracho, entendí que la montaña rusa ya había alcanzado su cenit y que lo único que me quedaba era una larga caída hacía buscar mi cama y tener de despertar al día siguiente con el peor guayabo de mi vida; recordé cómo odio dejar que el sol me vea la cara en un amanecer de fiesta, por ello me despedí de los pocos rostros familiares que aún quedaban. Aún así, no logré llegar invicto a casa.

Al despertar unas 10 horas después, no solo tenía resaca etílica, con dolor de cabeza y todo el combo; tenía un guayabo de olfato que perdura hasta el día de hoy, una sensibilidad a los olores a químico fuerte, a pegante, a fabuloso concentrado. Hoy, cualquier olor parecido me transporta obligado a la noche de mi primer y único tarrito rojo. 

Poison


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