Las palmeras y yo

Foto tomada por Jacobo Jurado

Con poca pena y mucha gloria acepto que mi único objetivo en un viernes de verano es apresurar el paso para encontrarme con arenas cálidas y un mar de licor blue curaçao. Estaría acá 93 días con 15 horas y no me avergüenzo, porque esto me huele más a vida que la calma de los intelectuales resentidos. Ellos no creen en mí y yo no creo en ellos, su rutina me entristece los ojos y los huesos. 

Mi camino es el de las palmeras que bailan en cámara lenta y vulgares al ritmo que les marca un viento de 30 grados. Sus fustes vibran y sus copas frondosas se ondean con los bajos lentos del coro de Sex de los Sticky Fingers. ‘Cause my head is getting bigger and my heart’s getting small.

Foto tomada por Jacobo Jurado

Mi vida sigue siendo una dualidad; calor en el cuerpo y frío en el alma, compañías y soledad, sed y cerveza helada, la ausencia de tu piel y la presencia de tu recuerdo. Pero no tengo interés alguno y la memoria será solo eso mientras vaya muriendo en mi mente cada célula de tu piel. 

Camino con las palmeras, porque nos la llevamos bien y las porto en mi brazo como sello de hermandad. Y camino en comitiva, con equipaje de quien no está lejos de casa y se siente joven, es una hielera atiborrada de vinos que tenemos pendientes. Hay un esfuerzo placentero por llegar y los cuerpos coinciden en sudor. Y no es como el sudor de la intimidad, pero algo de encanto tiene. No es por un deber, es por el beber y por encontrar dos ojos entre miles, los ojos que se acercarán a mí con delicioso acento y que un día voy a dejar de ver. 

Se apresuran los pasos y los vasos. Las palmeras del camino se despiden y nos saludan las del puerto, sedientas como nosotros y no solo de bebida, también de recuerdos. Chapotean y entregan su día al azar, porque es sabio. Yo me entrego a ambos. Al azar y a las palmeras, me deslizo entre el aire caliente del tiempo para ver dónde me pone en este día, quizá en ti o quizá en el olvido y así nuestro romance no verá este cielo. 

Foto tomada por Jacobo Jurado

El encuentro con el puerto me alegra tanto las pestañas que me dejo llevar en pasos descalzos por las piedras hirviendo y no importa si sale callo. Pero de nuevo dualidad. El abrazo juguetón del sol antes de ponerse y las sanciones personales que impone una mente inquieta.  Alegría y melancolía. Mirar el cabello de una chica bermeja o el cabello de las palmeras bailarinas. 

No sé si existe un paraíso, pero estoy cerca. ¿Cómo podré saber de qué está formado el paraíso? ¿Es por la belleza o la compañía o por ambas? ¿Es por el mar o las palmeras o por ambos? ¿Es por el erotismo o la ebriedad o por ambos? ¿Es por tus ojos o tus labios o por ambos? ¿Eres tú o es ella? ¿O no es ninguna? Estoy ignorando las palabras y me concentro en mis silencios y en la noche. Existe el paraíso y la destrucción, mi corazón dice que van de la mano y está listo para la confusión de ambos. 

Jacobo Jurado

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