Las Memorias de ‘El Soldado’

Foto tomada de pixabay

Maldita sea la hora en que su fino néctar se grabó en mi congestionado mundo lleno de inseguridades e incertidumbres.

Maldita sea la hora en que yo, un hombre orgulloso con corazón de piedra y mente fría le dio a ella el poder de dominar mi voluntad con solo su presencia, su maldita y a la vez celestial presencia.

Maldito sea el prematuro instante en que ella me condenó impunemente al infierno de su mirada, mientras yo como un idiota entraba en su odioso juego.

Malditos sean todos los momentos, en que, ilusamente pensé que podía acercarme a sus labios de miel, mientras ella se alejaba de mí, insinuando mi derrota en los momentos más oscuros de mis días.

Maldita sea su maravillosa sonrisa que me acompaña en los días más tormentosos y en las soledades más violentas, que solo mi habitación ilustra en esas oscuras noches, que muy a la larga representan mi vacío.

(Pero muy a pesar de la aberración de infierno en el que ella me depositó; dejo también para la posteridad de mi existencia la consigna de que la sonrisa de ella, es también la magia de mis rock n’ rolles.)

Retomando,

Maldito sea su cruel mecanismo frío, en el que mi dolor es su emoción, ese es su más grande triunfo sobre este soldado, que valientemente afrontó todas las batallas, pero que en la guerra más importante que afrontó perdió contundentemente ante ella.

Es por todo eso que soy yo, el soldado solitario, que ha peleado mil guerras mentales buscando masacrar su recuerdo. Soy yo, el guerrero que ha decidido enfrascarse en una discusión interminable (como si de una causa perdida se tratase) sobre si es condenable el recuerdo de ella al tártaro de mi mente.

Es por todo eso que yo les aconsejo a todos los hombres que se puedan cruzar su bendita estampa, ¡cuidado! La mirada de ella puede matar como un veneno potente, que puede mandarte a recorrer el averno que representa el tener que pensarla por un tiempo indeterminado, y ¿por qué lo sé? Porque aquella misteriosa y enigmática figura femenina, es ya veneno corriendo en mis venas.

Para terminar las desdichas de este solitario soldado, solo a ella le quiero decir en donde quiera que esté, que representará para la eternidad mi héroe vivo en todo este dilema y que sobre todo, siempre quise cara a cara decirle que es “la más linda del amor que un tonto ha visto soñar”.

Con un vaso de whisky en la mano y con su recuerdo vivo, brindo a su salud.

El Soldado

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