La metáfora de la felicidad

Foto tomada por Daniel Ramírez

Después de una separación amorosa a causa de una relación toxica, sumado a la vida en un país desconocido, las cosas no pintaban muy bien. Yo, sin embargo, siempre opto por ver el lado positivo de las situaciones. Una noche, acostado en el sofá mirando el ventilador de pared,  pude sentir como el frio europeo en pleno noviembre se metía por mis huesos y me hacía extrañar cada vez más mi hogar, esa casita humilde de color verde chillón, pequeña, sin lujos, con paredes a las que les falta algo de pintura, el charquito que se hace en la entrada siempre que llueve y que hay que esquivar para poder ingresar.

Dentro de esta, mi familia, que aguarda allí por mí, con sonrisas complacientes llenas de cariño. El rostro de mi madre, al servirme un plato de frijolitos con chicharrón, mirándome para al final preguntarme –mijo, ¿sí está buena la comidita? Y responderle con un beso en la frente y un ¡te amo, quedó todo delicioso!  Me hacen preguntar por qué estoy batallando en un país ajeno, si al final de todo soy infeliz. Ese es el momento en el cual tomo los pocos ahorros que tengo y decido volver a mi tierra, a ese pedacito de verde que de solo pensarlo, me transporta allí, como si se tratara de un viaje gentil de LSD o de la más hermosa y profunda de las meditaciones.

Al volver a Colombia, abrí con orgullo mi nuevo negocio, flamante, impecable, con estilo y color, una heladería y wafflerìa moderna con un pez alado hecho en grafiti en la pared principal, decorado con origami de colores y múltiples plantas colgantes, equipado con la mejor maquinaria. Llegar en las mañanas y  verlo me llenaba de felicidad y sonreía por todo lo que había logrado por mi cuenta. Trataba de aprender cada detalle en los procesos y de atender sonriente y con el mayor cuidado a los clientes. Por fin sentía que podía decirle a mi madre ¡lo logré! por fin sentía que la enorgullecía totalmente, ella solía ir y quedarse mirándome mientras trabajaba para después acercarse y suavemente decirme al oído –eres un verraquito.

Después de un mes todo iba perfecto. El negocio iba creciendo, tenía algunos clientes habituales y el desorden inicial del aprendizaje en los procesos ya se había aplacado, esto sucedía  a la par que en los noticieros por primera vez se hablaba del COVID-19 como amenaza para Colombia. Realmente era difícil creer que eso pudiera llegar a afectarme, pero en el transcurso de una semana, ya se habían tomado medidas y decidieron cerrar todo el comercio.

Mi mente estaba confundida y no sabía qué hacer. Era impensable plantearme la quiebra. La inversión había sido muy grande y ya no contaba con más recursos para sostener el negocio por mi cuenta, no podía seguir pagando el costoso alquiler, además de mis propios gastos sin generar dinero de ningún lado. Tuve que cerrar definitivamente, sin consuelos, sin culpables, sin haber hecho nada mal, tuve que poner ese sueño en una bodega y despegarme de él.

Foto tomada por Daniel Ramírez

Si bien es cierto que debemos amar a las personas y no a las cosas,  en ese momento, mi negocio era mi vida, mi negocio era mi pareja, era mi esperanza, la forma de ganarme el respeto de mis conocidos y familia. Representaba las miradas de admiración, y sobre todo mi auto respeto, me recordaba que podía hacer todo lo que me propusiera. Sin embargo tuve que dejar todo eso atrás como un recuerdo, para de nuevo comenzar de cero.

En la vida nos pasamos buscando eso que nos provea felicidad, sea una pareja, un buen trabajo, la mejor ropa o la última de las camionetas. Y siempre aguardamos a que ese futuro incierto nos acerque cada vez más a ello, ¿sabemos que puede pasar en una hora, en un día, o en un mes? En la escuela no me hablaron de la tierra y sus ciclos, no me hablaron de la muerte como nacimiento, no me hablaron del cuerpo como templo emocional, no me enseñaron a tratar con la desesperanza.

Por el contrario, siempre fue dicho que el fracaso es inaceptable, que yo había nacido para la excelencia, que nunca me rindiera, que la felicidad se basaba en tener muchas cosas materiales e incluso yo mismo me lo creía, solía aceptarlo, solo porque así era, nadie me esperó, nadie me preguntó, nadie se detuvo a mirarme, y ahora nuevamente tuve que morir para volver a nacer con nuevas ideas y tal vez un concepto de felicidad más acorde a lo que siempre fui. Más acorde a lo que puedo ser como persona, más acorde a hacer de mí mismo una obra de arte y no encaminar mi vida al hecho de poseer, para después darme cuenta de que todo puede ser arrebatado de ti en un momento, excepto tú mismo.

Daniel Ramírez

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