En Marsella

Luego de una caminata soleada, con fachadas coloridas, demacradas y remodeladas, nos dimos al deber de unas sangres montañeras y unas gargantas agitadas.  

-Un botellito – dijo Danni.

-Charlaito – replicó Jacobo.

La cantina en la esquina de esa plaza que un día fue montaña nos embriagó con aguardiente, charlas banales y con el sereno del atardecer que reverberó azulado en el frío asfalto.

Foto por: No nos acordamos

Al anochecer, luego de declinar la idea de amanecer en los bancos de madera helada del parque, nos apresuramos, con otro botello charladito (tal vez el quinto), a llegar puntuales al encuentro con el último bus que partía rumbo a La Perla.

Deslizándonos por el filo de una calle nos topamos con la fachada del partido Conservador. Un gélido azul ensangrentado bañaba en su totalidad los dos pisos de esa casa avergonzada de sí misma. Rememoramos y plasmamos la memoria de Jorge Eliécer Gaitán, gritamos vivas al partido Liberal y posamos a la cámara.

Foto por: Danni Plata

Llegamos al parador embriagados de risas. Me arrojé corriendo contra una malla curva y averiada por los coletazos del viento. Pablo me salió al encuentro después de hacerlo un par de veces más:                                                                                                                                    – ¿Qué está haciendo? Respete marica.    

Yo estaba feliz por no tener perforaciones de plomo en mi cuerpo.    

– Lo que hubiera pasado en la época de mi abuelos – me dije.

Nos abrazamos, brindamos, subimos al bus y nos agravamos el guayabo del día después.   

Daniel Muriel

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