El país que me duele

Tiré mi cuerpo contra la cama sin sábana ni almohadas. Estaba cansado por beber cocteles que no recuerdo y por estar despierto más tiempo del recomendado. En esta nueva casa puedo oír de nuevos los pájaros que trinan en la alborada y los sonidos guturales de la vecina con demencia.

En la conversación de esta madrugada, como cualquier guevón, traté de explicar el sentido de la vida. Más pasa el tiempo y más creo entender sobre la existencia. No quiere decir que me esté haciendo viejo, indica que cada vez soy más ignorante.

Cuando era niño pensaba que la pobreza se reflejaba en una billetera vacía. Y recuerdo eso ahora porque, de ser así, soy pobre, y hace mucho tiempo. La ventaja fue que yo nunca lo supe, diría Gambeta. En realidad la pobreza (como la pensaba yo) es una etapa de transición, ¿de qué? No lo sé, solo sé que es pasajera, un viaje en tren de una estación a otra, es el cuncho de cerveza caliente sobre la mesa y la botella rebosada y fría llegando por los aires a un escritorio lleno de regueros y cenizas de cigarrillo.

¿Qué me duele de mi país? Pienso sobre mi cama sin sábana ni almohada. Me duele, me duele ¿Qué me puede doler tanto como para no dejarme dormir en esta oscuridad que cada vez es más clara? No es que no haya dolores. Ahora no recuerdo uno sincero.

Pero el sol sale azul por mi ventana empañada y creo reconocer el ardor que no me deja conciliar el sueño. Es una sonrisa, como las venas de un arroyo en el páramo, como el olor del pan en la tienda de la esquina, como el sonido del primer llanto de alegría. Es la risa de Gabriela la que me trasnocha. Ella nació llorando a esta misma hora, pero en otras latitudes. Hoy me endulza con crueldad la reminiscencia de su aguda carcajada, de su sonrisa ensordecedora.

Foto: Daniel Muriel

A esta hora algún dios ya empezó a trabajar, preparó su ego y dobló desde anoche su narcisismo. A él, que no me escucha, le confieso que me duele. Me duele el no poder decir todos los días, esa Gabriela si está muy grande, hoy voy a llevarla al parque a ver si alguna fulana se acerca a admirar la magia de sus disparates. Cuando iba con ella al parque todavía no modulaba. Hoy me gustaría columpiarla y preguntarle cosas: ¿a qué huele la tierra mojada? ¿Cuántas gotas de lluvia puedes aguantar sin mojarte? ¿Qué color tienen las nubes en la noche? ¿Cómo se llama tu novio?

En esta pobreza, en esta transición, en esta lejanía, me duele Gabriela.

Del mismo modo me alegra su existencia. Me gusta mentir en varios idiomas y decir que es mi hija, soy feliz al verla crecer a través de las voces de mis viejos. Me alegra su vida. Prefiero, muchas veces, mas no siempre, dormirme con el recuerdo de sus carcajadas.

Daniel Muriel

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