Una cama doble

Las persianas tienen sus ojos cerrados y a través de su boca medio abierta, está la calle mojada y sus charcos abatidos por las gotas grises que caen del cielo.

Ayer vestía de bermuda y hoy el temporal se puso malicioso y decidió imitar el clima triste y soso de Bogotá. El verano terminó y mi cuerpo que trema bajo una sábana, sufre de añoranza de tierra caliente.

Los días de lluvia en un cuarto oscuro y una cama doble siempre me han hecho sentir un estafador. Enredadoras que son mis raíces, me instan a hacerme creer que la soledad me porta paz, y los días de lluvia como hoy reflejados por la boca de las persianas me llevan al recuerdo de alguna mujer, quizá de todas, porque los días así son largos, entonces tengo tiempo para hacer cuentas, sumas y restas que terminaron siempre en divisiones.

Foto por: Silvia Vélez

Hay un olor que me incomoda, un hálito trasnochado pulula por una lámpara curva. Es el tufo el que mantiene el sabor de domingo de locha.

Todo aquí parece detenido en el tiempo. Da la sensación de reloj averiado, de vida sin pilas, de respiros sin cuerdas. Reconozco el espacio con dificultad, la quietud me produce un profundo dolor en el alma.

Hace poco hablamos de la escasez de sentido que poseen los velatorios. Los dolientes sentados sobre un trono de lágrimas, los espectadores en fila india prontos a esbozar pésames y a chismosear el rostro muerto del finado.

Me gustó su comentario simple después del silencio, pero ahora hablo solo conmigo mismo en esta cama inmensa.

No hay aroma de almuerzo. Atrás de la puerta cerrada no hay nadie que quiera de mí. Giro mi cuerpo soslayando mi quietud y mi brazo derecho se topa con un costal de cabellos ¿Qué es? Es una figura humana, mejor, es una mujer. No sé si la creó mi pensamiento, si sus curvas estaban dibujadas en mi cerebro o si es la respuesta inconsciente de mis deseos ocultos.

Real o ficticia está ocupando esa cama que no es mía y ahora convive con mi brazo. Estoy dando la espalda a las persianas y sé que me miran con ojos picarones.

Me acerco a su cabello, es una marea rubia y castaña, una melena claroscura con olor a cerveza y limón.

Ella gira su existencia hacia a mí después de mis molestias premeditadas. Sus labios escarlatas y un par de lunares dibujan un rostro sonriente, como todavía inmerso en un sueño bonito.

Ahora que la veo a los ojos, la sensación de soledad que me dio la lluvia, la persiana con sus ojos cerrados y su boca abierta, el sentir frío de los charcos y las gotas, la quietud que oprimía a mi pecho, y el sentimiento que me ofrecía una cama interminable para mi cuerpo diminuto, todos ese cúmulo de sentires gélidos después de ver sus  ojos de miel y su piel rucia y cremosa, son los mismos. Tal vez, peores.

Prefiero salir a mojarme en otoño que quedarme en una cama fingiendo serenidad con un cuerpo que todavía no sé si existe.

Daniel Muriel

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