Cosas que un colombiano debería saber: tejo

Foto tomada por Jacobo Jurado

La admiración por lo extranjero por supuesto que no está mal, al contrario, si algo es bueno hay que decirlo. Lo que sí considero que está mal es que en nuestro diario vivir veamos lo que es autóctono como banal y eso es lo que pasa con nuestro juego nacional por excelencia, el tejo.

En la cotidianidad, conversando con amigos o hasta escuchando conversaciones ajenas en el bus o en la cafetería, se da cuenta uno de lo mucho que dan para hablar los deportes en Colombia. Pero se evidencia también otra cosa, el famoso eurocentrismo que según el maestro Google significa: Tendencia a considerar a Europa como centro o protagonista de la historia y la civilización humanas.

Dicho lo anterior tal vez usted conozca dónde nació el fútbol o quizá haya escuchado que antes de la conquista a América los Mayas ya jugaban a la pelota. Qué bonito sería que también supiera que detrás del tejo hay una historia muisca.

Voy a hacer una aclaración, antes de escribir esto nunca me había interesado por el tejo, pero un día hablando con una familia bogotana de ancestros boyacenses me cuentan que el hombre mayor de esta, el papá, había sido campeón nacional del turmequé. ¿Cómo así que turmequé? ¿Qué es eso?

Don Heliodoro Moreno y sus dos hijos, Fabio y Miguel, me dicen al notarme confundido que turmequé es como llaman al tejo en la tierra donde se creó. Turmequé es un municipio colombiano que está en el departamento de Boyacá, está a 45 kilómetros de Tunja y tiene aproximadamente 6200 habitantes.

Si desglosamos la palabra turmequé, nos vamos a dar cuenta que en el idioma muisca significa jefe vigoroso. Ustedes se preguntaran que de cuál jefe hablan. Resulta que hace más de 500 años en el territorio que hoy es nuestra Colombia querida había un cacique muisca que llevaba ese nombre.

Pues resulta que el cacique Turmequé practicaba el tejo. Pero esta actividad ni se llamaba así, ni se tenía en cuenta como un juego o un deporte, tampoco se jugaba con una pieza de puro metal concentrado como los de hoy y mucho menos era acompañada con su fiel compañera de hoy, la cerveza. De hecho tenía un bello significado: pensaron que al sol debían rendirle culto al ser un dios y el máximo resplandor de la tierra. Por eso le dieron forma de disco a un pedazo de oro para representar a la estrella, a esta pieza la llamaron zepguagoscua; la lanzaban y su recorrido representaba el viaje del sol de cordillera a cordillera.

Después la costumbre se popularizó y pasó de ser un ritual a ser un juego apto para todos. Igual a la situación de hoy, muchos de nosotros no podríamos mandar a hacer un disco de oro para jugar, pero cuando hay ganas se mueve la creatividad y vieron con buenos ojos practicarlo con un tejo de piedra. La imaginación se siguió moviendo y decidieron cambiar la piedra por un disco grueso de puro metal macizo que tiene una base inferior de 9 centímetros, una superior de 5,5 centímetros y altura de 4 centímetros. Se siguió moviendo y pensaron en ponerle una mecha triangular de 6 centímetros con pólvora envuelta en periódico para que la puntería se sellara con un estruendo que huele a diciembre.

Dice en la página web de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá que el 90% de los colombianos ha jugado tejo alguna vez, yo dudo de las cifras. No creo que 9 de 10 de mis amigos o que 90 de 100 personas que conozca, o que 900 de 1000 compatriotas míos lo haya practicado.

Lo que sí espero es que al menos ese 90% que supuestamente ha jugado tejo alguna vez sepa que este es nuestro deporte oficial, desde que el honorable Congreso de la República lo decidió así en el año 2000. También espero que sepan que no es un juego para vagos, como muchos mestizos con creencias europeas creen que es. Es un deporte con competencias oficiales nacionales y muchos departamentos tienen ligas de este. También sería interesante saber que tiene un himno de tres estrofas y un coro, pero esto sería difícil, teniendo en cuenta que muchos colombianos ni siquiera saben que nuestro himno nacional tiene once estrofas. Además de himno, el tejo tiene una oración.

Viendo que el tejo tenía una bonita historia y que es una costumbre precolombina decidí ir a una cancha de tejo, como creo que todo ciudadano de nuestro país debería hacer alguna vez en su vida. Yo creería más la cifra de que el 90% de colombianos hemos jugado alguna vez baloncesto, fútbol o voleibol, siendo estos extranjeros todos.

Antes de llegar a la cancha de tejo en el barrio Cuba de Pereira, me encuentro a la madre de un amigo que me acompaña y es grato escuchar la palabra que usa para hacernos la pregunta: “¿Van a ir a jugar turmequé?”, le respondo con una sonrisa, porque ella conoce al juego con el nombre que hace honor al cacique muisca.

Tal vez fuimos muy inocentes al pensar que un jueves a las 3:30 de la tarde estaría abierta la cancha de tejo, pues Marino, trabajador del lugar, nos gritó desde adentro que a las 4:30 podíamos volver. También nos dijo que no nos cobraban por ingresar ni por jugar, siempre y cuando consumiéramos algo de lo que ofrece la tienda  del sitio.

Volvimos a las 4:20 de la tarde a la cancha bajo un sol de esos que da color naranja a la piel, un sol que fue precisamente la fuente de inspiración para el juego que allí nos reunía. La ansiedad por probar este deporte se apoderaba de nuestro ser, los minutos se hicieron largos y no contábamos con que justo ese día se demoraron y finalmente abrieron a las 5:00.

Foto tomada por Daniel Muriel

La cancha tenía dos entradas, una superior que implica bajar unas largas escaleras y otra trasera que va a dar a una empinada pendiente. “¿Por dónde será más fácil salir para los que acompañan el juego con unas cervezas y unas copitas de aguardiente?” pensábamos mientras recorríamos la mirada al lugar.

Marino, que tiene un cargo conocido como ‘canchero’, es el ayudante de la cancha, el que le hace mantenimiento y hace también las veces de mesero para los jugadores que desean comer o beber. Antes de ofrecernos algo para consumir se toma la confianza de preguntar si era nuestra primera vez, pero no era por curiosidad, era necesario saberlo para prestarnos un tejo liviano acorde a nuestra falta de experiencia y para sugerirnos no tirar el tejo desde los 19 metros, muy cerca de los 19 metros y medio que es la distancia reglamentaria para competiciones oficiales y profesionales.

La dueña de la cancha nos presta los tejos más livianos que tiene, pesan 2 libras y los que pesan 3 y 4 libras son para personas un poco más expertas. Me cuenta que estos objetos varían mucho en sus precios. “Hay de 20 mil pesos, de 30 mil, de 40 mil, hasta de 120 mil. Eso depende del material y el tamaño”.

Jugar es muy sencillo, hay un tablero de madera de 1 metro y medio de altura por 1 de ancho. En la base se pone una caja que tiene 1 metro a cada lado, la parte delantera mide 5 centímetros y la trasera mide 35 centímetros. La caja está llena de arcilla y en el centro tiene un cilindro metálico que se llama bocín, es de 30 centímetros y 11 centímetros de diámetro interno con un grosor de 1 o 2 centímetros. Al lado del bocín hay de dos a cuatro mechas con pólvora, eso depende el sitio donde se juega. “En Cundinamarca y Boyacá juegan muy diferente, allá ellos ponen cuatro mechas y nosotros acá jugamos con dos”, nos cuenta Marino. Después de haber puesto las mechas nos paramos al otro extremo de la cancha y tiramos el tejo con la mejor puntería que podamos tener y los puntos se hacen de la siguiente manera:

Mano: Da 1 punto al jugador que más acerque su tejo al bocín.

Mecha o balazo: Da 3 puntos al jugador que pegue a una mecha con su tejo y cause explosión.

Embocinada: Da 6 puntos al jugador que entierre su tejo dentro del bocín.

Moñona: Da 9 puntos al jugador que entierre su tejo dentro del bocín y además haya estallado una mecha. Esta es toda una hazaña.

El ganador es el que llegue a 27 puntos, en competencias oficiales se juega individual, en parejas o en grupos de a 5, 4 que juegan y un suplente por si las moscas. Todos y cada uno deberá tener su propio tejo. Los premios son trofeos y dinero. Marino que además de canchero parece ser un experto dice: “Yo juego hace más de 25 años, tengo trofeos de moñonas y embocinadas. He estado en competencias nacionales, la inscripción normalmente vale 25 mil pesos. Pero acá jugamos es a apostar la cerveza, si alguien no se quiere tomar la cerveza entonces se la da una ficha equivalente a 1200 pesos, por eso es mejor tomársela”.

Entonces empezamos el juego y mientras este transcurre nos vamos dando cuenta de la dificultad y va creciendo la admiración por los señores que van llegando a la cancha y son expertos en puntería. Ni siquiera tirando el tejo desde una distancia aproximada a los 7 metros logré hacer una mecha o balazo y mucho menos una moñona. De hecho, en la mayoría de los tiros no me llegó ni a la caja con arcilla. Y aunque usted no lo crea, cansa y mucho, el sudor es testigo.

Mientras en las disputas oficiales los árbitros de tejo exigen pantalón largo, acá los jugadores lo hacen con bermuda o pantaloneta y hasta sin camisa. En chico o partido de liga quitarse la camiseta podría dar hasta expulsión, pues acá también hay tarjetas amarillas y rojas. También daría expulsión fumar o beber licor en la zona de juego, pero acá, al contrario, parece que diera expulsión no tomarse una cerveza.

Miro a las otras canchas y decido concentrarme en apreciar el juego de los otros, después de haberlo jugado valoro más el estilo de los presentes. Marino nos dice: “Si van a venir a jugar vengan mejor así, entre semana y temprano. Los fines de semana esto es lleno, pero no solo los fines de semana, anoche miércoles también estuvo muy bueno”. Después se para y les grita a los presentes que si no se animan, él sí, como retándolos para que estos vuelvan a empezar una partida.

Pareciera que todo el mundo se conoce, ya es de noche y el sitio está lleno. Vuelve a empezar una partida y los espectadores beben cerveza. Los jugadores tienen sus manos untadas de barro, pero esto no importa mientras los tejos estén limpios y brillantes. Para eso hay pedazos de costal al lado de todas las canchas, para que el tejo se esté limpiando constantemente. Son unos expertos, si el tejo fuera mediático y bien pagado estos hombres serían millonarios. Si no lo entierran dentro del bocín al menos le pegan a la mecha. A veces le pegan a la mecha y estas no explotan, es un punto perdido y la expresión general cuando esto pasa es apretar los labios.

En el tejo no se acostumbra pedir juego, como en el fútbol callejero, lo que sí se asemeja es la comba que los expertos le dan, sí, comba, como si estas piezas pesadas de metal de 4 libras fueran un balón. El hombre más alto y gordo que está a punto de tirar con su mano derecha tiene un cigarrillo en la izquierda y les grita a sus rivales: “Ármense de valor. Que suene, que suene”. ¿Quién no se siente retado con esa frase?

Tal vez Adidas sea la marca preferida para muchos deportistas, curiosamente el hombre que más mechas ha explotado está vestido con una camiseta negra con tres rayas rojas de esta marca, como recordándoles a sus rivales que es un gran deportista y aunque a usted le suene raro, introduce su mano en una coca llena de arena para untársela en sus manos, igual a un gimnasta echándose ese polvito blanco antes de su turno.

Después tira, es a este al que más duro le suena la mecha cuando la estalla y esta muere con una pequeña llama que después los rivales pisan para que se apague. Para unos es echarse arena, para otros la maña está en acariciar al tejo y besarlo con complicidad como si tuviera vida. Termino mi cerveza y decido ir a casa admirado por la experiencia y habilidad de los amantes del tejo o turmequé. Pero pienso volver y pienso invitar a muchos colombianos para que lo conozcan, porque es nuestro, es de esta tierra y nació para quedarse. Espero algún día hacer una moñona

Foto tomada por Daniel Muriel

Jacobo Jurado

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