Beber como signo de olvido. Parte II

No quiero estar a solas conmigo mismo en este revoltijo de sábanas arrugadas porque sé que soy mala influencia para mí en las ciernes de un corazón roto.

Elijo entonces el ruido, el sufrimiento disfrazado de canto en una canción vallenata o en un son cubano. Y Jaco y Cristian transigen en no decir nada al respecto, pero beben conmigo. Eso me basta para alejarme de mí.

En este momento huyo de los pensamientos que evocan mujeres y pecas. Me siento asteado. Indeseado también, casi siempre, por las pilatunas que se cometen al pasar la vida. Y creo que no me importa lo que pienso, y quiero hincharme con cinco litros de cerveza, que en últimas también se irán, como ella, que cree extrañarme, pero solo está agobiada por su soledad momentánea.

Foto tomada por: Cristian Gómez

Ya no pienso en ninguna, y canto las canciones que se cantan y esbozo los dichos que se dicen cuando el corazón está arrugado. Todo me parece ajeno y me entrego a este instante sin presencia femenina. Qué rica la espuma, qué locura el fermento, qué mundo tan distinto este lejos de ella, que ya no es más que un recuerdo embriagado. No está ella ni ninguna, entonces quiero aprender a tratarme solo: hoy con música y cerveza, mañana con cama y llanto y el jueves con tiempo y olvido.

Pero ese otro muchacho enamoradizo que casi siempre me habita y me reprocha todo, está viendo pasar, sobre la superficie del vaso de plástico, un manto de pecas acurrucadas en un par de pómulos arrebolados y sonrientes.

¡Qué dicha las mujeres y las pecas!

Así pues camino al matadero, sonriente, como debe ser.

Daniel Muriel

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