La muerte de mamá

Déjemela ahí

-A ella hay que trasladarla, nola tenemos que llevar – Y preguntó lleno de paciencia – ¿Quién  de ustedes se va a ir conmigo? – Y apoyada sobre el marco de la ventana le dije a Viviana que fuera ella que conocía mejor la historia clínica. Además yo tenía que dejar almuerzo hecho para Jairo, para Edward y para Daniel. Como quien dice, cocinar cualquier sopa, arreglarme y arrancar pal hospital.

-Bueno gordita, nos la vamos a llevar, pero – pensaba decirlo sin herirnos – pero gordita. Yo no creo que ella alcance a llegar. Ella está muy delicada –. Con voz apaciguada le respondí:

-No, no. No me la mueva de ahí. Déjela, déjemela ahí no la vaya a mover – Asintió con la cabeza el médico y desfiló con los ayudantes hasta la sala para esperarme.

Me arrodillé al lado de ella. Empecé a hablarle.

-Mamá, usted ya cumplió su tarea, váyase tranquila, usted hizo una buena labor. Ya puede irse, aquí ya no hay nada que la ate mamá. Nosotros igual la seguiremos amando, la vamos a recordar siempre. Usted fue el mejor ejemplo para nosotros. Váyase tranquila. – Yo le había pedido perdón cuando estuvo en cuidados intensivos, pero lo volví a hacer. Le dije que perdonara no haber sido una buena hija, la hija que tal vez ella esperaba.

-Pero mamá, gracias, gracias, gracias.

Foto tomada por: Consuelo Correa

Día de la madre

Ese día ella amaneció súper bien. Como si se hubiera aliviado para dejarnos un buen recuerdo en el día de la madre. Con esos labios todos colorados le decíamos que tan pinchada que estaba, toda pintoreteada con pinta labios rojo, y ella se reía diciendo que no. Comimos mucha fruta, torta, y lógico, tomamos café. La verdad es que ella estaba muy feliz, toda contenta. Ya por la noche se le dio la medicación, se le hizo la nebulización y se acostó a dormir.

Sentíamos una dicha por verla así, porque ella había estado todo el año en la clínica por esa enfermedad que tenía, un EPOC. Ella empezó a agravarse, a ponerse mala, y como no podía respirar tuvieron que entubarla. La llevaron para cuidados intensivos y estuvo todo enero, y ya de ahí la pasaron a cuidados intermedios, después estuvo en una habitación y finalmente le dieron el alta y se fue para la casa.

El lunes todo estaba normal

Viviana y mi mamá estaban en el cuarto que era de Daniel. Edward y Daniel estaban juntos en otra pieza, y yo dormía con Jairo.

Me levanté a despachar a Dani al colegio, y el cielo apenas estaba azulando. Cuando él desayunaba, Jairo se metía al baño, y Daniel tenía el vicio de pedirle el cepillo de dientes cuando el papá ya había cerrado la puerta. Danielito se fue y cuando Jairo se estaba organizando fui a darle vueltica a mamá a ver cómo estaba. Llegó, me miró y me regañó.

Oiga jovencita, a usted no le dijo el médico – me acuerdo patentico – que me tenía que dar el desayuno a las seis y media de la mañana –Y yo como risueña le respondí – Ay sí ma, ya le voy a dar el desayuno.

Le pregunté que qué quería desayunar. Entonces le hice chocolate, con galletas y queso así migaito, ah, y me acuerdo que también le hice huevito revuelto.  

Un lago

Cuando yo fui a darle el desayuno, me dijo:

-Ay mija, mire ese lago tan lindo que hay ahí en frente –Estábamos sentadas al borde de la cama y ella señalaba a la pared pálida.

Qué laguito tan bonito y esa señora que está al otro lado tan hermosa. Esa, esa misma que está de blanco hace sino llamarme– Y le respondí – Ay, ¿verdad amá? Ay amá, no ve pues que esa señora es la virgen.

Yo siempre hablaba con ella y le tomaba el pelo. No, mejor dicho, yo le seguía la corriente, me imagino que así hacía ella cuando nosotras estábamos pequeñas. Y seguía:

-¡Ahg! pero yo no sé, ella me llama, pero es que no sé cómo hacer para pasar para allá –Le dije otra vez que eso era la virgen y que esas bobadas, que pasar por ese lago azul era muy fácil. Y bueno, así se quedó. Y le dije – venga pues la acuesto.

A Viviana le dije que se pasara para mi cuarto, ¡pobrecita!, siempre le tocaba trasnochar con mamá. Cuando ya Vivi se pasó, mamá dijo que no quería estar en la cama, que no se quería acostar. Y le pregunté:

-¿Se quiere sentar en la silla de la sala? – Dijo que sí y se la llevé. La recosté, le puse cojines atrás, y la silla la acomodé contra la cama y ahí le subí los pies, abajo los pies le puse almohadas como pa que ella tuviera los piesitos levantados y quedara bien acomodada. La acobijé y ahí la dejé un rato. Hasta ese momento estaba bien.

Foto tomada por: Consuelo Correa

Me fui yo para la sala a ver televisión. A hacer que me veía una película. Y así estuve, entre durmiendo la película y alzándome a darle rondita a mamá, para ver cómo estaba. Llegaba pasitico, la miraba y veía que estaba dormida, y me fijaba, ¿sabe en qué siempre me fijaba?, en la respiración, si estaba respirando bien. Le ponía la mano bajo la nariz, la miraba y me devolvía para la sala.

En una de esas volví y la encontré muy desmadejada. Yo la llamaba y le decía:

-Mamá, mamá –Y llegó y me abrió los ojos y como enojada me respondió – ¿Quéee?

 -¿Le hago una nebulización?

-Sí – me contestó. Se la hice. Esa máscara le estaba estorbando mucho. Fui a la cocina no sé a coger qué y cuando volví tenía esa careta toda caída. Me tocó regañarla.

-No mamá, déjese esa careta bien puesta, respire bien, ya sabe cómo tiene que respirar mamá ¿cómo es? –Y ahí ella empezaba a respirar, inhalaba por la nariz y tiraba por la boca, inhalaba por la nariz y tiraba por la boca. Cuando le iba a quitar la máscara me decía que no, que todavía le quedaba un poquito. Terminamos. Pero yo nada que le veía mejoría, entonces ella se empezó a desmadejar más. Se desmadejó se desmadejó, entonces llamé yo a Viviana.

-¡Vivi, Vivi! venga – O sea, la llamaba para que fuera a llamar a los médicos. Y Viviana llegó, se arrodilló.

-¡Abuela, abuela! – Ella abrió los ojos ahí mismo – ¡abuela, abuela! ¿Usted sí sabe quién soy yo? –Y llegó y la miró así como riéndose.

-¡Pues Vivi! – Al decir ella eso quedamos así como tranquilas porque nos reconocía. A veces no lo hacía porque no le llegaba el oxígeno al cerebro y empezaba como a desvariar.

Viviana salió a llamar a la ambulancia porque en la casa no teníamos teléfono, y eso pareció que esa gente estuviera por ahí mismo en el barrio porque de una llegaron; el médico, el auxiliar y dos camilleros.  Pusieron en el pasillo afuera del cuarto muchas cosas. Yo solo recuerdo que eso estaba abarrotado de bolsas, aparatos y tubos.

La subieron a la cama. El médico empezó a examinarla, a ponerle caretas para respirar, medicamentos por la vena, inhalaciones…bueno. Con ella estuvieron mucho rato ahí tratando de reanimarla.  

Foto tomada por: Consuelo Correa

Saludes a Jesús

-Mamá, ahora vaya tranquila –  Me miraba con esos ojos entre tristes y alegres, pero iluminados. Yo le dije que los cerrara y me le recosté en el pecho.

-¡Vaya! mire como está el señor, mire como la espera con los brazos abiertos, ahí está, ahí está, ¿usted lo ve? Yo lo estoy viendo mamá, mire como le sonríe, y vea que el que está al lado es papá, allá se va a encontrar también con papá, van a ser otra vez felices. Nosotros los vamos a extrañar mucho – Yo seguía con los ojos cerrados.

-Y mire mamá, mire la señora que usted estaba viendo vestida de blanco en el lago, esa que la llamaba, mírela que es la virgen y está al lado de Jesús. Pase mamá ese lago tranquila.

Y ya. Ella se fue quedando, se fue quedando. Y lo último que le dije fue:

-Mamá, saludes a Jesús – ¡Ay, que risa!

Entonces ya me paré y salí tranquila, callada. Y les dije pues que ya. El médico entendió y ahí fue cuando él se paró. Todos se quedaron como mirándome, como si pensaran que esa señora nos va a dar es madera, nos va a sacar tallados de acá.

-Gordita, la felicito, porque en los años que nosotros llevamos en esta labor no habíamos visto algo así. A nosotros nos atacan, nos inculpan, a mí me encuellan – Y remató – Así como está usted fue la muerte de su mamá. Ella no sufrió.

Y en esas llegó Vivi ¡ja! Eso se le tiró encima.

-¡Abuela, abuela! ¿Por qué no me esperó? –Yo le decía que se tranquilizara, que ella todavía estaba ahí, que apenas se estaba yendo. – ¡Abuela, abuela! no nos desampare – Y cuando eso, salió Edward también, que había estado durmiendo toda la mañana.

-¡Amá! ¿Usted por qué no me llamó?

-¿Y pa qué? – le respondí. Entonces claro, también se le tiró encima y a llorar y a despedirla.

Yo nunca he pensado que si la hubiera dejado ir con los médicos ella se hubiera podido salvar, porque yo ya la vi muy frágil. Tal vez en otra situación donde le viera vida, sí. Pero esa vez fue diferente, ya no era ella.

Y así fue la muerte de mamá, algo muy bonito.

Yo nunca imaginé ayudar a mi mamá a morir. Es complicado. Ahora que lo pienso, ella me vio nacer y yo la vi nacer a ella, porque morir es eso, morir es nacer de nuevo. ¿Qué significaba el lago? Vida. El agua es vida. Yo pienso que era ese paso de este mundo terrenal a la vida eterna.

Y pues la señora de blanco demás que sí era la virgen, porque a mi papá también le pasó lo mismo, también vio a la virgen cuando se estaba muriendo, pero bueno, eso ya es otro cuento.

Daniel Muriel

Un comentario en “La muerte de mamá

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