Así mueren las lunas

Ella es una mujer seductora de extremos severos. Tan dulce como amarga y tan deseada como odiada. Una reina dominante y descarada, sinvergüenza ella y amiga íntima del sinvergüenza. Amiga que nada en un mar picado de amistad y odio.

Este verano de soles ácidos y pisos hirvientes ha estado con una tranquilidad penosa. Ella ha estado siempre ahí con su piel terrible. Esta mañana hay en mi cama una mujer de piel mulata y palabras europeas con pelos despeinados. Pero la extraño a ella, a esa reina insolente, que a veces es mi enemiga y me hace extrañar sus besos severos. La amo y esta noche la voy a odiar, cuando la mulata de piel lejana ya no esté y bien dicho sea, se debería ir de una vez.

Soledad es una besucona, sus besos son jolgorio y al mismo tiempo un ramo de muerte. Tiene dedos de mujer perfectos, delicados y pulidos, que yo me muero por tocar y ellos aceptan ásperos. Tienen una sequedad escabrosa y a mí me sofoca de deseo.

La odio y la deseo, me desagrada, pero la extraño. Entre semana me falta, suplico su presencia y ella por ahí volando en mentes inconformes. Los fines de semana la aborrezco, denigro su existencia, sus besos y sus caricias.

Pero le hablo y ella me escucha. Me responde con voces extraviadas en mi cabeza inquieta y sedienta. Es mi enemiga libertaria y mi amiga libre. Vuela entre recuerdos pesados y caricias burlonas. Expande un ala negra y una blanca y se deja escurrir entre mi piel y mis deseos y así mueren las lunas. Con soledad.

Jacobo Jurado

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