Tambores, ñeke, y deber en el palenque

Esta es una historia de esas que se guardan adentro, muy adentro de la memoria, sea para no olvidarlas, o porque entre borrachera y borrachera es lo único que se alcanza a recordar.

Todo empieza con un profesor entusiasmado, optimista y confiado. Muchos le advirtieron “¡No lleve esos muchachos por allá!”. Bendito sea el dios que lo iluminó para no hacerles caso. Quizás fue su responsable egoísmo. Porque ellos, al ya conocernos, querían privarnos de ir a tan acogedor lugar.

Un autobús, una noche, una botella de tequila y Mateo Cárdenas como cómplice, prometiendo tomarse todos y cada uno de los tragos que le llegaran de mis manos.

Mateo fue compinche durante toda la carrera. Rumbero, a veces irresponsable, y con el fin que compartimos siempre. Beber tanto como se pudiera mientras disfrutábamos de la carrera que nos juntó.

Partimos desde Pereira, sin imaginar el viaje tan largo que nos esperaba. Animados bebimos hasta  quedarnos sin que más tomar. Y dormimos, incómodos pero felices. Deseosos de conocer esa tierra, sinónimo de libertad, de la que tantos hablaban, ¡San Basilio de Palenque!

Al día siguiente, la vida, caprichosa como ella misma, me juntó con el resto. Un rubio, flaquito y visajoso llamado Daniel. A su lado su pequeño escudero, Jacobo. Al mejor estilo de Don Quijote y Sancho panza. Ya los había visto divagar por los pasillos de la universidad. Hasta mal me caían.

Un recuerdo vago me dice que resultaron unas buenas botellas de antioqueño en el camino ¡Vaya fiesta la que se armó en el bus! Tomamos, reímos y gozamos junto a otros tantos que iban ahí. Santiago Gallón, hombre tímido pero chistoso, del que no conocíamos sus verdaderas intenciones hasta que después de una hora de cánticos sedientos de Aguardiente, bajó del bus, siempre silencioso, y regresó de una bomba de gasolina con una garrafa debajo del brazo. Bendito Dios. Esa nos duró hasta  tocar tierra en San Basilio.

Llegamos a una escuela, la que sería nuestro cuartel mientras estuviésemos allí. Nos acomodamos y salimos a buscar con que saciarnos. Esa noche se bailó música tradicional hasta que no quedaron si no botellas vacías de Águila, la que representaba para algunos un tesoro.

Me acerco a una muchacha con mala cara y le pregunto:

-¿Qué pasó?

-Ese malparido de ahí que me tiene cansada.

Voy donde el hombre en cuestión, y como buen periodista vuelvo a la acción:

-¿Qué le hiciste?

-NADA. Le fui a dar un beso y no se dejó. ¡Y eso que le gasté una cerveza!

Y así transcurrió la noche, entre música autóctona acompañada por tambores, danzas y una que otra canción de Sin bandera. Recuerden esta banda, ya que yo nunca la voy a olvidar. Caminamos hasta la escuela, donde era hora de “dormir”. Jhon Mario, profesor de mucha fe, pero conocedor de nosotros, decidió encadenar la reja que separaba a la escuela con la calle, olvidando que en la tierra de Benkos Biohó las cadenas nunca significaron nada para las almas que buscan. Que buscan amor, que buscan compañía o que simplemente buscan libertad.

Una vez conscientes de que ese era el único lugar para embriagarnos, surgió una garrafa de ñeke, bebida tradicional palenquera hecha por hombres y para hombres. Qué vergüenza habrán sentido los antepasados africanos al ver que se mezclaba el ñeke con jugos hit en caja para amenizar el sabor fuerte. Aun así, irreverentes e insensatos, no abreviamos nuestras ganas de beber sin medir las consecuencias de este coctel. ¡Pobres ingenuos!

La noche se sobreponía entre risas y música, hasta que el sonido de las aves nos harían percatarnos de que, Daniel, quien hace unas horas se encontraba bailando al son de los tambores en la mitad de la tarima, se hallaba nadando boca arriba en su propio vomito. Que tan irónica hubiese sido la vida, si los pájaros no cantaran. Yo no estaría escribiendo esto, y este blog jamás habría existido. Qué tan injusta hubiera sido. Si las gaviotas no hubieran alzado su voz, ninguna de las historias ya contadas aquí habría acontecido. Entre Jacobo y yo lo volteamos y dejamos que siguiera nadando, pero ya sin peligro alguno, como un pichón en su nido.

Volvemos a la tertulia que cada vez se hacía más amena. Una copa de ñeke, una carcajada, un poquito de jugo de piña y una historia más Pero de pronto ya no se escuchaba Sin Bandera, no los conozco bien, solo sé que sus canciones son para los que están muy enamorados, o para los que hace muy poco lo estuvieron y anhelan volverlo a estar.

Andrés Sepúlveda, hombre callado pero atento, tímido pero sabio, en esos tiempos no sé qué tanto le gustaría la bebida, ¿pero el ñeke? El ñeke le encantó, se los tomó todos, y entusiasmado por ese aroma de libertad que se respira en San Basilio, decidió que su cautiverio en aquella escuela había terminado, ninguno de nosotros sabía de su estado de ánimo, aun sabiendo que era él quien cantaba en voz baja las canciones melancólicas de dicha banda. Preocupados todos, se desplegó un operativo para buscarlo por toda la escuela sin resultado alguno, hasta que apareció de la mano de un nativo quien nos explicó que lo encontró ebrio, llorando y buscando compañía. No antes sin reprocharnos la soledad con que lo encontró.

Mateo, ya con sus traguitos en la cabeza, le gritó: “Marica, donde andaba, se nos va a tirar el paseo o qué hijueputas”. Mientras, alguien intentaba despertar a Jhonma para abrir la puerta.  Andrés entró, todos lo señalaron y lo juzgaron sin saber por dónde diablos fue que se salió. Se acostó y la tertulia continuó, con un Jhon Mario no tan animado y en las habitaciones de atrás una muchacha como de 75 años se quejaba por no poder dormir. Creo que hasta llamó a su esposo, el profesor extranjero, a ponerle un par de quejas pretendiendo que se fuera volando hasta Bolívar y nos acostara a dormir.

En medio de todo, por fin reinó la calma. Se bajó el volumen a la música y yo, que soy un borracho de escándalos y se me sube el volumen cuando estoy contento, decido irme a dormir. Algo que no es muy común. Pensé en el profesor y sus advertencias antes de salir de Pereira, pensé en los futuros estudiantes que les gustaría conocer tan inigualable lugar, y me pareció lo más sensato.

Lastimosamente yo era el único que tenía ese pensamiento. El sonido de las gaviotas aceleradas, como si una comadreja quisiera comerse sus huevos, me despertó. No entendía qué pasaba, solo veía a Andrés llorando, y a  Andrés Monsalve (Ryan), hombre de palabras certeras y conciliadoras, tratando de calmarlo. Pero fue imposible. El espíritu de Benkos estaba de vuelta, y esta vez como si de un medallista olímpico se tratara, corrió hasta su ruta de escape anterior. Al mejor estilo Orlando Duque se tiró en clavada, no, no a una piscina, sino a un cerco hecho con alambre de púas y guadua. Un hombre de casi un metro ochenta acababa de pasar entre 10 cm que separaba a alambre y alambre. Ryan intentó pasar por el mismo espacio para seguirlo, pero terminó atrapado como una mosca en una telaraña.

Jhonma despierto, las aves revoloteando, la muchacha vieja refunfuñando y Andrés por ningún lado. Qué podría salir peor, pensé. Todas las advertencias que nos hicieron antes de salir habían sido superadas. Solo faltaba el regreso de Andrés ¡Jajajaja y qué regreso!

Apareció en la puerta frente a las cadenas, pero esta vez no abriríamos tan rápido al ver que uno de sus “hermanos” como lo llamaban ellos, estaba mal. Dichos hermanos eran un par de nativos de casi dos metros cada uno, buscando quiénes eran los que estaban haciendo llorar a su hermanito. Ninguno de nosotros se atrevió  a decir nada hasta Jhonma salió a conciliar, sobre todo porque uno de ellos tenía lempo de cuchillo en sus manos. Era casi tan grande como ellos. Una verdadera espada en busca de los opresores de su hermano.

Una vez Jhonma solucionó el malentendido,  Andrés entró y por supuesto la fiesta había llegado a su fin, pero no la noche, no señores. El alcohol hizo su efecto y me borró parte de esos momentos, pero recuerdo a Mateo, encerrado en un salón, detrás de los barrotes de una ventana gritando “¡Déjenme salir que yo me doy con ese pirobo!”. Andrés que estaba incontrolable, y yo, que no sé en qué putas estaba pensando, le digo:

-¿Te vas a acostar a dormir ya o te acuesto?

Lo que recuerdo después  es el sabor a metal en mi boca. Su gancho derecho había aterrizado en mi labio inferior, al mejor estilo de Antonio cervantes el “Kid Pambele”. Recuerdo muy pocas veces haber recibido un golpe así en mi vida, y ¡ay golpes que me han dado por estar tomando”. Pero este fue diferente, medido, preciso y tranquilizador. De seguro eso fue lo que sintió Nicolino Locche por allá en el 73 cuando terminó arrodillado frente al Kid. La furia de un libertario transformada en puño.

Solo supe alejarme y suplicar que lo cogieran porque si me daba otro de esos, según yo, no iba a responder. pero lo más seguro es que me mandara a dormir de una vez.

Al día siguiente me desperté con dolor de cabeza. No sabía si era el ñeke o el severendo puño que me pegó Andrés. Solo veía eran caras largas, rumores de que el viaje a Cartagena se iba a suspender, y Jhonma, serio, exigiendo a todos el cumplimiento del deber, el cual era buscar y escribir una crónica. Creo que fue la peor que escribí en mi vida. Por una parte porque no estaba en condiciones humanas de hacerlo, por otra el sol inclemente de Palenque pegaba en mi espalda mientras yo pensaba en que tema podría ser bueno. La arena caliente bajo mis pies solo me pedía buscar una costeñita para saciar mi garganta seca y adolorida de tanto vomitar en cada esquina. Pero ahí estaba yo, tratando de cumplir el deber, que quizás, apenas venga a cumplir hasta ahora. Y que espero que esta no sea tan mala como esa lo fue.

Danny Plata

2 comentarios en “Tambores, ñeke, y deber en el palenque

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