Excusas para seguir bebiendo

Y es que estar sobrio; no es más que una canción partida a la mitad bailada con el pie izquierdo. Que desgracia la de buscar y no encontrar en medio de las manos una excusa que se parezca a un vino, de esos que rasgan la garganta haciendo florecer –de forma inadvertida- un hilo de llanto y alegría. Que angustia la de sentirse vivo sin entender los segundos que anteceden el momento justo, donde la mano –coqueta y temerosa- se alza con una copa rompiendo dudas, para ir directo a la boca que espera ansiosa que caiga en ella , casi como una lluvia de púas o de flores.

No me negaré la posibilidad de lanzarme al vacío, descender en picada y escuchar como rebotan las palabras sobre la mesa. Me prohíbo no sentir las cosquillas que caminan casi como incendios por el costado de mi rostro. Me condeno- a la desequilibrada- forma de caer en los brazos de mi misma, en mi vacío y en la angustia de mis sábanas frías.  Evadiré volver sin amaneceres azulejos a casa, sin bailar al menos el número de copas que haya bebido, sin sentir ser globo, palmera o una luz que se expande y se cierra a medida que me acerco a otra botella.

Silvia Vélez

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