Un guayabo de cuarentena italiana

El virus había matado a 250 personas, la policía controlaba en las calles que ningún mortal osara turbar la soledad con que ellos transitaban, los mini mercados habilitaban sus entradas a dos personas, cada tres minutos, que esperaban en fila alargada con la correspondiente distancia de un metro (con cara de dos), mientras yo, azuzado por un pálpito del estómago, vomitaba todo el jugo de naranja que había bebido para matar el guayabo del viernes 13 de marzo.

Foto tomada por: Daniel Muriel

Peste bubónica

En el siglo XIV la peste negra asedió al mundo. Dicen que esta nació en Asia, fue transportada por el ejército mongol hasta el Mar Negro y arrastrada hasta el corazón de Europa por un grupo de genoveses. El viejo continente, como narró Eduardo Galeano, había iniciado una cacería junto con la iglesia católica contra los gatos, amigos de lucifer. Así las ratas y sus pulgas pudieron correr con más libertad por todo el territorio. Murieron más de 30 millones de europeos.

Viernes 13 de marzo de 2020

En época de pandemia las calles parecen domingo. Hoy, que caminamos al mini mercado, el trinar de los pájaros es más fuerte, la ausencia de personas evoca un día de fiesta donde todos están ocupados viajando y no mercando.

Los pocos carros que ruedan son de policías o ambulancias. La fila para entrar al minimarket es de cuatro personas. Por estar en camisa, bermuda y nuestros 17 grados de cielo despejado y cinco kilómetros de viento en el bolsillo, somos hurgados por los ojos de los italianos en la fila. Ellos portan guantes, tapabocas, chaquetas gruesas y peludas. Huele a prado recién podado.

Foto tomada por: Cristian Gómez

Entro con Jaco y compramos lo necesario. Ocho panes gruesos y doscientos gramos de salami Nápoli para los sánduches del almuerzo. Tres gaseosas, tres litros de vino, una botella de ron y otra de ginebra. Estamos celebrando el grado de Cristian que se festejará en Colombia en un par de horas.

Pasamos la tarde entre amigos, tumbados sobre sábanas para que las alitas rasposas del pasto no picaran. Hay vino. Hay mujeres. Hay guitarra. Como gusta Vicente. También rueda una pelota curtida, vibramos con el canto y con el crepúsculo que unifica el azulado de la noche y el naranja de un sol que escapa para rematarse contra el horizonte dejando una mancha horizontal de sangre purpúrea en el firmamento. 

Hoy, martes 17 de marzo del 2020, después de pasar el guayabo, de lavarme las manos no tantas veces como lo pide el gobierno, y de compartir espacios con más personas de lo recomendado, el número de muertos en Italia por el COVID-19 es de 2.503.

Foto tomada por: Daniel Muriel

Coronavirus

Rumoran que el virus nació en un mercado de Wuhan, China, donde vendían mariscos y carne de animales salvajes. El murciélago es el primer sospechoso.

El único mamífero que vuela develó la condición humana. La fragilidad de una raza que ante las pestes y situaciones extremas muestra sus dos rostros: el empático y sereno, y el aterrorizado y egoísta.

Ahora este rebaño desconcertado, del que hablaba Walter Lippman, está más que nunca a merced de los medios, expertos en crear crisis, en maquillarlas y en aumentarlas. En Italia solo basta revisar los principales medios de comunicación para dimensionar el bombardeo mediático que cae sobre los ciudadanos con el coronavirus. El gobierno a través de la radio, la televisión, e internet, pide seguir sus recomendaciones para sacar al país de esta crisis. “¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?”. Ironiza Rulfo en El Llano en Llamas.

Caminar por una ciudad como Salerno en la ciernes de la cuarentena es errar por el silencio antes de avecinarse la tormenta, es sospechar de todos y ser la anomalía de muchos. Es mirar un mar que nadie mira, un sol que a ninguno calienta, un viento que a ninguna persona refresca.

El caos.

La naturaleza es más límpida. También está aislada. No hay ojos que la ruboricen de asombro.

Foto tomada por: Daniel Muriel

Golpeados

El virus es cruel con ancianos y con las personas de salud precaria. Más del 90% de las muertes en Italia las sufren los mayores de 50 años. Con más muertes registradas entre los 70 y 90 años.

Hoy, 19 de marzo, los casos confirmados en el mundo son de 242.708, con 9.866 muertes y 84.852 pacientes recuperados.

Según un estudio, en 2017, del Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos, al año mueren entre 291.000 y 646.000 personas en el mundo por gripe. Casi todas al sur del mapa. Treinta o sesenta veces más que la cantidad de muertes que ha causado hasta hoy el coronavirus.

Por no tocar temas más espinosos como el hambre, que en los cuatro minutos de lectura que lleva usted de este texto, ha matado al menos a ochenta personas. Casi todas al sur del mapa.

“En una época de tecnología avanzada la ineficacia es un pecado contra el espíritu santo”,  dijo Aldous Huxley.

¿Será que la algarabía mundial se debe a que este virus no distingue clases sociales?

El COVID-19 es un costal que no solo cargamos al sur del mapa.

Solidaridad

La génesis de la cuarentena me recordó la infancia en Colombia. Salía a trotar (acto vetado en algunas zonas del país) por la pequeña carretera que circunda las residencias universitarias de Fisciano, y me reconocía niño al construir canchas con palos, ramas, de nuevo astillas en las yemas de los dedos, barro sobre las rendijas de la piel, peladuras y totazos en las piernas. El cuerpo como mediador con el mundo.

Por medio de las manos se contagia el virus. Y las manos, recuerda Angela Maiello, son nuestro puente para contactarnos con el planeta. ¿En el encierro no somos medio?

Al inicio me reconocí escéptico de la situación. “Es un virus que solo mata a los viejitos, a los enfermos de los pulmones…Yo que voy a colgar los guayos”.

Mi realidad como egoísta se me presentó cuando el virus hizo escala en Colombia. Recordé a mis seres queridos privados de la libertad, recluidos en hacinamientos repugnantes, pensé en los enfermos de diabetes, en los pulmones débiles de papá, en la exposición de mamá. Vaticiné rencor contra los sordos de razones y contra los ciegos de prevenciones. Pero no podía tener rabo de paja y odiar a los que violan leyes en mi país, cuando me pasaba por la galleta los decretos que se me imponían e imponen en mi exilio consentido.

Hace un par de días en Lombardía, la región más azotada por el virus en Italia, el ejército, con sus camiones verde jade, transportó decenas de cajones con muertos dentro. Muertos que fueron llorados a distancia porque ni los funerales se salvan de la cuarentena.

-A mí lo que me emputa es que, es verdad, murieron 300 viejitos, pero ¿dónde están los medios mostrando los cadáveres de los más de veinte mil que murieron por hambre antier, ayer, hoy, mañana? – dije.

-¿Y tenés la cura? Es decir, ¿Hay algo realmente que podás hacer por resolver la vida de tantos millones de hambrientos?

 -No. – respondí turbado.

– Esos muertos han existido siempre y van a seguir existiendo. Pero el coronavirus sí lo podemos frenar nosotros.

Esas palabras me dieron a entender dos cosas. La primera es que puedo ayudar, de forma significativa, a frenar esta pandemia cumpliendo los protocolos que designó el gobierno.

La segunda cosa es que, quien me respondía (y admito que hablo lleno de prejuicios. Si no, ¿cómo?) en su realismo era cruel (como lo son muchas realidades). Y que igual ¿de qué sirve preocuparse por un montón de hambrientos que se mueren en países que ni esa persona ni yo podemos ubicar en el mapa?

Coronavirus y hambre, o dengue, o desigualdad abismal. Lo primero es problema del mundo, y lo otro son causas perdidas que van a existir siempre.

El ladrón juzga por su condición, diría mamá.

Retomando. Hoy 23 de marzo, en Italia son 6.077 los muertos y 7.432 los recuperados (estos últimos no venden tanto como los primeros. Sin sufrimiento se carece de importancia en televisión).

Sé que el viejo que vive a dos cuadras de mí no es mi sangre, la señora que hacía aseo en el edificio no me crio, el señor de las pizzas habla otro idioma y el viejito que leía el periódico en el parque a la sombra de la primavera no es mi abuelo. Pero son los corazones de otras familias, los pabilos que dan llama a otros seres humanos. En la mayoría de los casos las arrugas merecen respeto.

La mascarilla la voy a usar. No para cuidarme a mí. Sí para cuidar a los que más lo necesitan.

Foto tomada por: Jacobo Jurado

Libertad

La capacidad de elección sobre estas vidas que arrastramos, con sus pesares y alegrías, hoy se ve interrumpida por un virus que nos recuerda que nuestro único destino es la muerte. “Morando bajo la sombra del omnipotente” dice el salmo que mi hermana cristiana me mandó a leer.

Omnipotente es la muerte que acaba e inicia todo.

Tenemos prohibido salir de casa. Y el presidio hostiga a los deseos primitivos que tenemos dormidos. El sentido de supervivencia de Jung (buscar no morir de aburrimiento), la reproducción de la especie de Freud (no hace falta explicarlo), y el tercero que sugirió el cineasta Kusturica, la influencia de Diego Maradona en el fútbol y en el hombre (darle forma a mi tesis sobre el 10).

Le pregunté a alguien que está en prisión y que porta una condena de nueve años en la espalda ¿Qué es lo que más extraña un preso? Y luego de divagar entre la familia, las mujeres, el licor y las comodidades, sentenció:

Lo que yo más extraño es poder ir a donde yo quiera, a la hora que yo quiera y como yo quiera. Eso encierra una sola palabra ¡Libertad! Vulgarmente sería hacer lo que se me dé la puta gana. Esta no tiene precio. Perder la libertad es estar muerto en vida ante la sociedad. Eso es lo que yo pienso. Pero también sé que es una oportunidad para uno reinventarse.

Esta es una oportunidad para reinventarnos.

Daniel Muriel

2 comentarios en “Un guayabo de cuarentena italiana

  1. Leyendo este escrito de » la voz del guayabo»..recordé también la libertad de nuestra infancia..donde muchos corrían con sus pies descalzos.sin importar si se enterraba en ellos un pedazo o astilla de madera…hoy mirando al mundo en el caos que está sumergido me pregunto..los niños k hoy sufren el desamparo el hambre. La soledad .en algún momento pudieron correr detrás de Ian pelota hecha de trapos o papel?
    Hoy todos somos iguales..no hay distinciones…es una lección de vida para la vida… debemos cambiar
    Ser más humanos más solidarios..más espirituales y agradecer a Dios…está correción fraterna…. APRENDAMOS..a valorar nuestra tierra.nuestro universo.

  2. Felicitaciones. Muy sensato el tema. Estamos unidos a las malas y ésto nos hace reflexionar sobre lo que no hacemos a diario. Nunca fuimos lo suficientemente solidarios con nuestro prójimo, con nuestro medio ambiente, con nuestro planeta. Las crisis nos acercan y obligan a que aprendamos a vivir con el otro, a conocer más sobre la vida en nuestra tierra. A dejar la apatía en que nos sumergimos por nuestro egoísmo y a pensar más como humanos que somos. Bendiciones y un abrazo gigante mí sobrino inteligente y querido. Dios te bendiga y acompañe siempre siempre. Cuídate mucho. Tu tía Lucía.

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