El dolor de los que quedan

Foto tomada por Jacobo Jurado

España tiembla. El Presidente ha ordenado – como era de esperarse – extender el estado de emergencia decretado hace una semana, mientras se miran de reojo los muertos de Italia. Europa ha decretado por primera vez en su historia, la exclusión de ciudadanos no europeos, una política agresiva en su lucha por contener las exportaciones chinas. Tal vez el deseo de muchos nacionalistas europeos está por cumplirse: el de una Europa pensada para europeos. 

Y todo comenzó en Italia, -como hace mucho tiempo también con la Peste Negra-, un país marcado por la avanzada edad de sus habitantes. Europa no tomó las medidas necesarias y el virus acabó traspasando las fronteras en todo el mundo, como si de sus empresas se tratase. 

Madrid no fue ajena, y tal vez la capital más afectada en todo el continente. Al igual que Italia, España tiene un porcentaje de habitantes – más de nueve millones de personas – con más de sesenta años. Y el virus causó estragos en esta población. Las UCI de la capital están al doble de su capacidad y los hoteles se adecúan para hospitales que comienzan a mostrar la política más salvaje en la lucha contra la enfermedad: las camas serán para los que tengan mayor esperanza de vida. 

El dolor se acrecienta en la medida que los muertos comienzan a llegar a las morgues. Y no es un dolor cotidiano. Los velorios comienzan a ser restringidos o prohibidos mientras los entierros quedan en la soledad. El pésame queda en una llamada o un video que no puede hacer mucho para aliviar la pérdida. 

Y este es el dolor invisible, de los que quedan, de los que nunca pudieron decirle a su padre o madre un último adiós. De los abuelos, hermanos o amigos que ya no hablarán. De los que no pueden ver a sus familiares para encontrar compañía mientras la soledad comienza a parecer eterna. Esquivar a la muerte es imposible, pero entenderla sin consuelo parece ser una tortura.

Esteban Cardénas

4 comentarios en “El dolor de los que quedan

  1. Luego está la otra cara, la de los intactos.

    Y no lo digo refiriéndome a quienes no padecen de momento la enfermedad, si no a esos que pese a la situación todo en su vida sigue igual.
    No hablo de bienestar, hablo de hipocresia.
    No hablo de techo ni comida, hablo de su morada interna podrida.
    Pues no solo ansiosos están de que esto termine ya para seguir con su vida inmoral, fatal y divertida, si no que hasta visten su cara de preocupación haciéndose las «vistimas» de padecer el mismo dolor que los demás.
    Sé toman los aplausos ajenos de quienes agradecen cada dia a los que en verdad luchan, tanto por salvar su vida como la de alguien más, y los pisotean tergiversando su significado. Sonando guarachas y cualquier otra mierda porque todo es fiesta, todo es ahora o nunca y su irremediable afán de placer visten de burla hasta el más mínimo acto simbolico.

    Su única preocupación es que, a cada segundo que culmina, sus vidas se les escurre de las manos, el tiempo corre y la existencia se les vuela, quietos en su casa, puta cuarentena.

    Aunque no los vemos y difícil es reconocerlos…
    Ahí están, con su pecho frío y espíritu enfermo.
    Ahí están, un segundo menos jóvenes, un segundo más viejos.

    Creyéndose hasta sus propias mentiras…
    Ahí están… Intactos.

    (Fácil opinar, difícil vestirse de ella)

  2. Muy buen escrito.. claro ,sencillo pero real.
    Concreta nuestra realidad actual.
    Con mucho respeto admiro su manera puntual de decir las cosas.

  3. Ahí estamos, en esas palabras de hechos pasados, en esos pensamientos que trasciende lo estipulado, en los palpitares de aquellos que ya han marchado. Ahí estamos, en la boca del lobo y sin tener donde refugiarnos, en las manecillas del reloj, pero corriendo en sentido contrario. Estamos ahí, en el limbo de lo inesperado. Real escrito y mucha valentía en lo lejano. Las mejores mi hermano.

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