Poetas insaciables

“… En la costa del Pacífico hay un pueblo que lo llevamos, en el alma se nos pegaron y con otros lo comparamos; allá hay cariño, ternura, ambiente de sabrosura; los cueros van en la sangre del pequeño hasta el más grande; son niches como nosotros, de alegría siempre en el rostro. A ti mi Buenaventura con amor te lo dedicamos”. (Grupo Niche, 1981)

El calor y el cansancio no impidió que todo el grupo saliera a caminar por el malecón, recibir la brisa y tener lo más cerca posible esa gran masa azul que tanto anhelamos. Algunos no aguantaron las ganas e, imitando a los niños nativos que están llenos de osadía, se lanzaron al mar como si en el fondo fueran a encontrar un tesoro, claro que para qué más tesoro que el agua. La altura desde la que se lanzaron era basta, seguro te hacía pensarlo dos veces y sentir un vacío en el estómago al saltar, para hacerlo había que recurrir a ese ser loco que todos llevamos dentro y que nos impulsa a hacer estupideces divertidas de las que tal vez te arrepientas, cosas como emborracharse o enamorarse, cosas que te hacen sentir que eres mortal. Yo, muy prudente como siempre, bueno, como siempre que estoy sobrio, decidí no saltar y sólo disfrutar de la vista, de la brisa, del sonido del mar, mientras le daba unas buenas caladas a mi cigarrillo.

Foto tomada por Jacobo Jurado

Ya de camino al lugar donde nos hospedábamos, mi amigo Cristián y yo mirábamos alrededor en búsqueda de un lugar donde comprar algo para la sed, pero para la sed de locura. Pensábamos en un vodka, un tequila, un ron, cualquier trago con más de 30 grados, algo que equiparara el clima y nuestro grado de pernicia. No llevábamos mucho dinero con nosotros, era un viaje de varios días y había que saberlo distribuir, pero afortunadamente había otros dos personajes con la misma sed y con toda la intención de participar de ‘la vaca’, Jacobo y Daniel. Desde que los conocí en el trayecto ya sabía que eran de los míos, y de los de Cristian también, de los perniciosos. Al llegar a nuestro sitio para dormir, con una botella de tequila en nuestro poder, nos dispusimos a comprar algunas cervezas y empezar así el ritual que hemos repetido decenas de veces: una cerveza por aquí, un shot por allá; un cigarrillo por aquí, una carcajada por allá; una canción de despecho por aquí, un vallenato por allá; un mareo por aquí, una vomitada por allá. Como siempre en mis viajes, llevaba conmigo la compañera más bohemia que tengo, mi guitarra, con la que he logrado muchas rascas sin aportar más que unos acordes. Entonamos algunas canciones pero hubo que cortar temprano, había que madrugar a realizar nuestra labor al día siguiente y no era conveniente trasnocharnos ni trasnochar a nuestros demás compañeros, quienes preferían la mesura.

Los siguientes dos días estuvimos dedicados al trabajo periodístico por el cual estábamos en aquella ciudad. En uno de los barrios más miserables, llamado Punta del Este, teníamos el objetivo de captar por medio de historias y fotografías el relato y el dolor de más de una decena de madres. Ellas había perdido a sus hijos hacía una década en un caso de falsos positivos, tema común en nuestro país, común como el café o como la cocaína. Para ello, nos acompañaba José, un profesor de la universidad oriundo de España; y Álvaro, un periodista que trabajaba para un importante medio del país. Ellos nos guiaron por lo que fue una aventura llena de relatos, memorias, llantos, impotencia, sufrimiento, madres, hijos, perdón y más lágrimas. Sin embargo, rematamos con un partido de fútbol con los muchachos del barrio, en una cancha sin pasto ni pavimento, donde ellos juegan todos los días a pié limpio, donde vieron por última vez a aquellos jóvenes que desaparecieron hacía unos años. Pero eso es otra historia, aunque también me da mucho guayabo.

Foto tomada por Jacobo Jurado

Siendo nuestra última noche, decidimos terminar lo que habíamos empezado con el tequila. Estábamos tan dispuestos a la ebriedad que nuestros ojos brillaban camino a nuestro lugar de hospedaje, pero más brillaba la botella de Biche que llevaba Daniel. Al llegar nos bañamos, nos vestimos y nos peinamos, como quien se prepara para una cita, pero esta vez la cita era con ese loco desmesurado, el que te hace decirle a ella te amo para poder follar. Ya éramos varios los que estábamos dispuestos a enfarrarnos, es decir más voces para cantar, más plata para ‘la vaca’. Compramos una garrafa de ron, y contábamos con una botella de Biche, ese trago oriundo de esta zona, dulce pero fuerte, como un beso de despedida. Incluso aquel periodista que nos acompañaba se unió a nosotros demostrando que también le gustaba perderse, salirse un poco de sí. Empieza la cuestión: una cerveza por aquí, un shot por allá; un cigarrillo por aquí, una carcajada por allá; una canción de despecho por aquí, un vallenato por allá; un mareo por aquí, una vomitada por allá; un Biche por aquí, un Viejo de Caldas por allá; un coqueteo por aquí, otro coqueteo por allá. Cortejos de borrachos, donde amigos se disputaban la atención y los besos de una misma  compañera. Lo bueno es que la disputa entre ellos siempre es apacible, cautelosa, es como si estuvieran jugando ajedrez, gana quien se coma la reina pero siempre terminan en tablas.

Foto tomada por Jacobo Jurado

Los ánimos ya estaban bastante encendidos, pero a mí me hacía falta algo para encender, mi mayor vicio, cigarrillos. Ya era pasada la media noche y la tienda de enfrente había cerrado, tenía que salir en búsqueda de mi perdición, pero no me dejaron. Álvaro me recordaba que en Buenaventura había fronteras invisibles en los barrios, que era muy peligroso, pero yo insistía e insistía, tanto que Álvaro tuvo que sarandearme para que entendiera y finalmente desistir. Hice pataleta, pucheros, me aparté del parche, hasta que hubo una solución domiciliaria que nos trajo no sólo cigarrillos, sino también una botella de ron que remataría la noche.

Desperté en la mañana aún con media borrachera puesta y ningún recuerdo de cuando me acosté, no recuerdo quién ganó la partida, ni a Cristian diciéndome como siempre: ¨tranquilo que está conmigo¨. Todos estaban empacando y se preparaban para salir, era hora de regresar a casa. Una de las chicas, una muy particular, se acercó y comentó: “¡tengo unas ganas de cagar!”, no entiendo por qué dijo eso en voz alta pero fue muy gracioso. Quién iba a imaginar que al pasar de los años ella resultaría siendo mi novia y finalmente ¡La Cagada! Me perdonarán mis amigos las lagunas en esta historia, pero si no me acuerdo de cada detalle de mis mejores polvos, mucho menos de mis mejores borracheras, es más, creo que de las mejores ni me acuerdo. Aun así, de ese viaje, esa borrachera, entrega sublime a los excesos, y posterior guayabo, me quedaron sobre todo grandes compinches, unos bohemios empedernidos, unos poetas insaciables.

Sebastián Contreras

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