Dos rubias

Estoy viviendo una dicotomía. Estoy en la huida y en la búsqueda de algo. En el punto de partida no dejan de estar tú y una rubia que me recuerda a ti, brillante y deliciosa, pero amarga. Esta vez, otra vez, como habitud perezosa, huyo de ti y la busco a ella.

En el octubre de Múnich ella está muy cerca y tú muy lejos, una lejanía tranquila que a mí no me está tranquilizando. Un par de buses y dos horas en la ventana ajena de un avión me dejan bajo el amanecer de esta ciudad que siento fría, mis labios se están olvidando de ti y esperan el primer beso de ella.

Daniel, mi compinche de viajes y botellas, aventurero guacharacoso y poeta despechado, camina a mi lado, guía la caminata más con la curiosidad de sus 23 años que con el mapa de su celular, que también ha sufrido las caídas de un borracho.

Daniel es un muchacho de inquietudes simples, en este amanecer de tranquilidad alemana su mayor preocupación, como a cualquier humano, naturalmente, es dónde vamos a dar del cuerpo. A mí me parece una preocupación descarada, puesto que de peor gusto sería cagar todo el fin de semana en la casa.

A mí me encantaría enfrentar el frío de esta mañana de viernes contigo o con ella, o con las dos, rubias seductoras y delicadas. Por ahora las horas necesariamente pasan recorriendo las calles residenciales de Múnich, por aquí te podría encontrar a ti en una faceta que yo odiaría. Malditas calles donde tampoco la encuentro a ella. El viento sigue frío, mi amor.

Daniel es un borracho extraño, es ruidoso y bohemio, le gustan las pistas de baile y los placeres carnales. Yo que soy de gustos básicos solo quiero llegar al campamento a dormir sin soñarte y encontrarla a ella, a ti no, mi amor. Pero Daniel, que es un idealista, me lleva al palacio de Nymphenburg, dicen que es barroco y yo que soy un ignorante en arquitectura no te lo podría confirmar, mi amor. Dicen que alguna vez fue la casa de verano de los reyes de esta zona y yo que soy un ignorante en historia no te lo podría confirmar, mi amor.

Son las 10 AM y la lentitud de esta mañana ha sido inquietante. Daniel y yo damos los primeros pasos en el campamento y yo estoy feliz porque amo las casas lejanas y temporales. El campamento, que parece un festival, tiene tarima, juegos, un cine porno, restaurantes desapercibidos y un bar barra libre que huele a la pecueca amanecida de ella, ahora sí la encontré.

Esto es el paraíso de los cantores de la sinvergüencería, música alta y bailes torpes. Si los atrevidos buscan un edén, aquí es. Si vieran los ojos desalmados pos fiesta de las rubias que estoy mirando se rendirían a sus pies. Yo no, mi amor, después de tu amor me hice tímido.

Quiero tres horas de sueño, suficiente. Una australiana de mirada preciosa y palabras amables me asigna puesto para dormir. Sueño, descanso, el deber, el beber, tequila, tequila antes de dormir, tequila caliente, sin limón, sin sal y sin ti.

Una sorpresa perpetua llegó a Daniel y a mí, fría, encantadora y repentina. Es ella, la encontré, no sé si la busqué mucho, pero ella me encontró. Rubia, delicada, grata y cumplida. Mi primera cerveza en Múnich.

Junto a Daniel, que es un borracho soñador, llegamos a la conclusión de que la vida se debe ganar con ganas y las güevas del corazón. Una cámara instantánea nos va a dar la fortuna. Ofrecemos fotos, un recuerdo. La gente es fría, indiferente. 15 care barbies y ni una foto vendida.

Son las 8 PM y esta caterva de borrachos insensibles no ha comprado la primera foto. Ofrecemos y nos miran como patrones a inmigrantes invadiendo su tierra, pero esta tampoco es suya.

Tú me conoces bien, la fría gente del norte no es de mi devoción, pero al frente mío tengo a Madison, Cloe o Ashley. Es una mujer bermeja que seguramente tiene uno de estos nombres. Es la persona más cordial en este campamento de mierda. Nos quiere comprar una foto, pero no tiene euros. Cuando se va, se tropieza y se le sale un “oh, i almost fuck him”. La primera sonrisa de la noche.

¿Alguna vez te dije que el tequila es mi licor favorito o estábamos muy ocupados? Tequila, sin limón, sin sal y sin ti. A ella ya la tengo, me acompaña ella. Ya estoy lleno de ella y mira que ella no me llena a mí. La vine a buscar, ella me encontró y yo, otra vez, te encontré a ti.

Estoy en Alemania, soy turista, soy joven, estoy vivo, tengo ganas, pero de ti, mi amor. Europeas lindas, ojos claros, miradas frías, miradas alegres, rubias, pieles suaves, labios rosados, barra libre… ¿Y yo? Encontrándote. No sé cuánto tiempo ha pasado, me daría vergüenza contarlo, pero cada media noche desde tu ida te sigo sintiendo. No quiero estas pieles extranjeras, me quiero cobijar con tu piel y arrullarme con tu voz.

Por ahora llegan tres botellas de vodka sonrientes, compañeras de llegada de Danni Plata, borracho valluno, compinche de la bebida y las charlas. Esta noche no prometía, pero cumplió y consecuentemente está terminando con un caldo de carne, que para no perder la costumbre de borracho flojo estoy vomitando al pie de mi casa temporal. Duermo tranquilo, ya no hay posibilidad de vomitar dormido, forma de morir trágica y humillante.

Es sábado en la mañana y la noche de anoche se mezcla en la neblina de Múnich, baches, hoyos, rotos en la mente, recuerdos pausados y aun así, recuerdos punzantes. Danni Plata, que no es un borracho devoto del silencio, como estos alemanes, grita con la fuerza de una garganta sedienta, no de agua, que es hora de empezar. Empecemos.

Son curiosas las mañanas en las que uno despierta con alcohol en la sangre y todavía no hay guayabo, amigo catastrófico, hay ebriedad y despreocupación. Este estado, después de algunos preparativos, nos pone en el transporte público con dirección al Oktoberfest, el extenso Prado de Teresa. Teresa era una princesa, el parque se llama así porque allí se casó ella, y como si fuera poco, este agasajo gustó tanto que se dio la razonable orden de celebrarlo cada año, dándole vida a este festival maravilloso.

Enorme, colorido, gozoso, millones de litros de cerveza, porque por miles ya pasaron hace rato. Dónde está esta rubia maldita de besos complicados y aroma campesino. Cerveza, tiene nombre de ninfa, dónde me está esperando mi amor segundo.

Nos dejamos llevar por la multitud, el sol se está derramando a chorros sobre miles de rubias coloridas y a ustedes dos todavía no las encuentro. Soplo la sed con vodka clandestino. Una casa cervecera nos invita a sus interiores festivos y nosotros, como colombianos copetones, desfilamos indiscretamente.

Daniel, que es un borracho de decisiones caóticas, es hincha del América de Cali y como el destino pone colombianos en todas partes, una caleña grita a nuestro encuentro, reconociendo la camiseta de fútbol que Daniel viste y canta. Ella es amable, sonriente y está acompañada de unos cuatro paisanos de sangre azul.

¿Has notado que ciertos colombianos que viven fuera de Colombia se creen extranjeros? Afuera se avergüenzan de este bendito país maldito y su gente, botan miradas con el adorno de una ceja levantada y no quieren hablar paisa, rolo o costeño, pero sus rostros gritan en muisca y quimbaya.

Me parece que son las 6 PM. Un borracho viejo degenerado saca sus desgracias en mitad de un parque gritando que quiere orinar. Daniel, que es un borracho consejero, le recomienda, entre risas y asco, que vuelva a meter sus desgracias en el pantalón.

El viejo degenerado, que es bosnio, busca un rincón para orinar, pero en su camino se encuentra con un borracho alemán que vomita y con la bondad de borracho, el bosnio lo abraza, lo ayuda a vomitar y se olvida de su meada.

¡Qué daño que hacen estas rubias!

Daniel, que es un borracho coqueto y le gustan los números impares, le coquetea a una señora alemana de unos 53 años. Seguramente ella también es una borracha coqueta y le corresponde con sonrisas. Al mismo tiempo, una señora de baja estatura y acento boliviano nos dice tajante: “ustedes están muy borrachitos, mijos”. Y yo, que todavía te amo, le respondo que lo que estoy es enamorado.

Oktoberfest, fiestas, entradas costosas y bolsillos de estudiante, colarse, el deber, el beber, bailar, Daniel en el piso, bailar y beber, Daniel en el piso, beber, el piso y Daniel, mujeres hermosas que juzgan. Esta rubia que encontramos en Alemania nos tiene en una felicidad que linda con la locura.

Este recorrido bávaro está atardeciendo, las mentes y las palabras están borrosas y cansadas, no te busco más, eres una boca ajena.

Dejo de ver a mis amigos, se fueron, se perdieron, se los habrán llevado algún par de ojos claros y seductores o simplemente los de seguridad los sacaron. A Danni no lo veo buscando pleito y Daniel no está ni siquiera en el piso. Mentes nubladas, pasos torpes, música irrelevante. Cabellos rubios, labios franceses, penitencias, ella, más de ella.

Media hora aproximadamente y ahí están Danni y Daniel, no estaba esperando encontrarlos así, pero los antecedentes son consecuentes y esta es la forma más lógica. Daniel está tratando de comprar unas papas fritas y Danni llora lágrimas gordas de borracho enojado. No sé qué pasó, están tan lejos de sí que no saben cómo llegaron ahí ni por qué hay un guarda de 2 metros que quiere mandar a Danni a dormir mientras otros 5 españoles, aproximadamente, están tratando de golpearlo. Un morado en la cara de Daniel me grita que seguramente es mejor irse. Daniel, que es un borracho con suerte, buscó a esta rubia, la encontró y además se llevó un morado.

Basta, noche fría.

Esta aventura llegó a su fin, la encontré a ella, pero sigo incompleto. Hoy, de mañana, la odio, huele a guayabo y melancolía, despecho y perdición, hay tufo y un celular extraviado, el celular donde conservaba nuestras últimas fotos, tuyas y mías.

El fin de esta historia, tuya y mía, suya y mía, mía y de ella. La encontré y me encontró, no te encontré y me buscaste. Te espero, pero no me esperes. Y ella, acá, sigue acá, acá me acompaña, en las mañanas se va tortuosamente y en las noches me vuelve a encontrar, fría y melodiosa, como tú, mi amor.

Jacobo Jurado

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