Gusto de artista

Ella quiere encontrarse y lo más probable es que termine perdiéndose. Aquí está lo que tanto buscaba. Hay personas que se hallan en los lugares más profundos del alma, en las nubes, en los espejos, incluso en la manía terrenal de los más profanos. Su ambición no es otra que ser escrita en la fragilidad de un lienzo, pero yo, que no soy artista, la retrato con letras, porque silenciosas son mis pinceladas y los textos sus pinturas preferidas.

Llegó a mí una mañana cálida en forma de palabra. El boceto de esa descripción me hacía imaginar la figura perfecta y la voz de ese cuentista embelesó mi oído cuando aún no la conocía. Me enamoré del mito, de la leyenda, del sentimiento ajeno. Conocí su intimidad en menos de un minuto, la desnudé sin mi lenguaje y fui su primer hombre con un cuerpo que no era el mío.

Foto por: Hermann Segundo

Llegué a ella como quien desesperado detiene un matrimonio y se dio cuenta que mis aterrizajes son estrepitosos. Tracé mis líneas en el paño de ese paisajista, porque son vivos e impertinentes mis colores y sus matices la rebeldía de mi arte abstracto. Tal vez estoy puliendo los tachones que he hecho en esa historia, porque sí, yo soy causante de esa ruptura.

Nunca he sentido culpa de los esbozos mal dibujados, por eso la extraño y creo que ella lo hace también. Son microcuentos mis apariciones y garabatos los pobres vocablos con los que intento fallidamente acercarme. Qué voy a ser yo un tipo de equilibrio si le temo a su estabilidad y tiemblo con sus ojos.

Tan mía como de nadie. De otros y tan mía. En la grandeza de esta nada la recuerdo, porque su todo perfecto oscurece la tranquilidad de mis silencios. Describo su piel mientras despojo sus vestidos en mis fotos mentales y la toco con mis palabras que aún no llegan al éxtasis de estas memorias, porque yo, que no soy artista, aún la sigo escribiendo.

Hermann Segundo

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