Guayabo de ‘alto turmequé’

De nuevo, sobre mi cabeza, la presión gravitacional del licor que obliga a arrastrar la mirada, y yo,
alevoso por combinar whisky, guaro, cerveza y chicha, tengo una ruana que planeo robar si el viejo
necio que está probando a escalar por mi cuello con abrazos no heterosexuales, no deja de joder. E
imprudente, como una suegra de lengua viperina, Jacobo arenga mis intenciones de iniciar la
escapada. Ahora corremos por el pavimento nocturno de Turmequé, cuna del tejo, que reverbera el
languidecer de las lámparas que tiñen de naranja la ruana pesante que portamos como trofeo.

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Foto tomada por Jacobo Jurado Jóvenes recién salidos del colegio nos miran llenos de carcajadas en nuestro camino al terminal, algunos aplauden con escarnio. Colarse en una fiesta de quinces y ser sacado por los anfitriones, como nos pasó el sábado, parece no ser común en un pueblo de apenas 6 mil habitantes. Nuestro objetivo era simplemente bailar carranga con las tías y a cambio solo conseguimos empujones y las burlas simpáticas de los adolescentes que nos ven, nos señalan y con los que compartiremos este oficio de viajar y beber algún día. Así nos despide Turmequé después de un fin de semana. Durante la estadía en este pueblo frío debemos darle forma a un documental sobre el Tejo (un anacronismo para nuestras tierras de costumbres euro-centristas). Un legado muisca que se negó a desaparecer. Y nosotros, siempre orgullosos del linaje de indios campeches, cuidamos el istmo cultural que nos precede del mar de leva de costumbres lejanas y oramos a Nemcatacoa, el dios de la embriaguez, la danza y los placeres, a la par de nuestros entrevistados, que son fie- les devotos de esta divinidad muisca, del juego del turmequé, la historia y la literatura. Imagen
Foto tomada por Daniel Muriel Jóvenes degenerados o soñadores. Así nos veían cuando explicábamos nuestro quehacer, para algunos era un trabajo innecesario, darle importancia a un deporte mal visto, donde se juega con la compañía necesaria de una cerveza o media de aguardiente. Para nosotros era un reconocimiento o capricho, un deber del beber. Nuestra misión era mostrar una cara desconocida del juego y dar un batacazo a quienes lo ignoraban. Encontramos su historia ancestral nacida en las montañas verdes oliva de Boyacá y un grupo de expertos idealistas nos dieron diversas caras del deporte nacional. Durante un chico de tejo en la cancha ‘Mi Rey’ donde se juega “con una Póker en la mano” apreciamos el aura de esta ceremonia. Tres marcos de madera de más dos metros de alto sostie- nen una lona beige que nos escampa de la lluvia, el fango cubre la parte norte y la periferia izquierda del campo. Las uñas grises de arcilla, el aroma a pólvora gris, el mugir de las vacas, el estanquillo al costado que también hace de hogar para el dueño de la cancha, y las canastas de bote- llas vacías que escuchan nuestra cháchara sobre el inicio del paramilitarismo en Colombia. Jubilosos por la pólvora y las cervezas la competencia se desarrolla en medio del olor a campo. arengas e hijueputazos van y vienen por parte de nuestros compañeros de juego, que son desde campesinos hasta historiadores y políticos. La botella de Whisky tibia se va quedando vacía obligándonos a pensar en el futuro de la noche que se desparrama por las montañas. El dinero es un bien que como universitarios desacomodados no tenemos. Afortunadamente el destilado de anís nos obsequia su bajo precio y la cantina se dispone a acogernos. Después de escoger la taberna, nuestros caminos se bifurcan. Jacobo baja a la plaza principal al lado de nuestro amigo campesino en moto. El historiador, con pavura de su esposa, prefiere no unirse a la verbena, y Heladio, sobreviviente de la estrategia macabra del Estado que irrumpió en los 80s y acabó con la vida de más de 1500 miembros de la UP, se nos perdió en el camino. Ahora esfuerzo mis dóciles piernas que aguantan mi peso en cada paso cuesta abajo en las lomas empinadas que conducen a la plaza. Juntamos las copas para darnos un trago más de energía y con la ruana al hombro huimos por andenes de calles ajenas y mirando atrás para ver si el dueño o sus amigos muerden nuestros pasos. Como adolescentes decidimos entrar a la fiesta privada que una familia celebra. Sin obsequio nos abrimos paso entre la multitud que danza La pollera colora’ y un minuto después los bailes torpes son estropeados con agresiva sobriedad por uno de los anfitriones, que no esperaba ver obstinados borrachos siendo el centro abyecto de atención. Imagen
Foto tomada por Jacobo Jurado Dónde esconder mi vergüenza, en los bolsillos no me cabe, entonces río a la par de las burlas de los adolescentes que aún recuerdan cómo nos echaron de la parranda. Son las 4 pm y una capa de sol, nerviosa por el arribo de la luna, brilla sus últimos destellos mientras porto la ruana al terminal en el interior de la maleta, planeando en qué parte de casa colgar tan preciado trofeo. De repente, en la espera del bus que nos llevará a casa, veo vestido de rojo al viejo que me había endosado la ruana la noche anterior. Estaba muy borracho, dijo. No recordaba que el guaro le mojaba la canoa. Jacinto o Jaimito, así parece llamarse, recibe la ruana con vergüenza o decepción. Tal vez sí se acuerda de sus atrevidos abrazos a Daniel y pensaba que este la debía conservar, como trofeo o como regalo. Hasta luego y qué vergüenza, se dicen ambos. Así termina un fin de semana de ordenado trabajo en Turmequé, pueblo de boyacenses amables y montañas itálicas. Abordamos el bus que nos lleva a Bogotá durante tres horas, donde un chófer desprevenido deja repetir, sin la objeción de nadie, todas las canciones olorosas a aguardiente de un tal Yeison Jiménez.

Jacobo Jurado

Daniel Muriel

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