Fábrica de recuerdos

Mientras escapa del bar comprende que su acto es canalla, pero sus narinas no nacieron para respirar ese aire. Pobre ella.

Pero el día de él no empezó así, en eso me hizo énfasis. En un cielo desnudo de nubes y con su canción favorita pululando por la sala, él buscó la mejor pinta para la ocasión. Eligió una camiseta blanca y unos pantalones renegridos, adornados siempre por los pelos del gato que recogió en la calle, para salir al encuentro con ella.

Dijo que esa tarde olía a mandarina exprimida por las manos de un niño. Pensó que su olfato era una fábrica de recuerdos, y eso hoy le parece un defecto.

Un estornudo, dos estornudos, tres estornudos. Recordó la pandemia y tuvo miedo de estar infectado. Pero su afán de verla a ella, después de tanto tiempo, era más grande que su pavura por el virus. Se mandó un par de pastillas y salió de casa.

Guardó su moto y caminó hasta el bar con parsimonia. Faltaba una hora para la cita y el poniente, que viste tan naranja a La Perla, lo acompañó hasta la llegada de ella.

Foto por: Daniel Muriel

Él en realidad no la conocía. Tenía un esbozo de lo que ella transigía en publicar por twitter. Ella vestía una pollera de girasoles y un suéter verde oliva.

No se abrazaron, sea por la timidez del momento o por la conciencia del presente virulento. Tan hermosa era. Él anhelaba poder percibir su perfume, y así jugaba a adivinar su humor. Pensaba que cuando el mesero trajera la cerveza se iban a poder quitar el tapabocas y así su fábrica de recuerdos diseñaría uno nuevo.

Hablaron de poesía, política y arquitectura. El mesero tardó con el pedido pero finalmente estaba ahí. Él probó la cerveza, la saboreó y con algo de atrevimiento se acercó a ella con la excusa de escucharla mejor.

Recordaron que habían sido estúpidos por no saludarse de abrazo y que ese era un buen momento para hacerlo. Se abrazaron y él se aferró con su nariz al aroma de su cuello. Se separaron sin prisa y ella lo miró de frente, muy cerquita, y le dijo (él no recuerda muy bien) que estaba feliz por conocerlo o por abrazarlo.

Él se levantó con algún pretexto hacia el baño. Casi corriendo llegó al parqueadero donde estaba la moto.

Mientras aceleraba pensaba que nunca había olido algo tan feo como ese aliento que expulsaban las palabras de ella. Como de agüita amarilla que deja la basura. En ese momento comprendió que no tenía COVID y que hubiera deseado tenerlo cuando ella le habló, para haber evitado que su fábrica de recuerdos no se hubiera incendiado.

Daniel Muriel

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