Es mucho más que eso

Sucumbe el día ante la inmensidad de la noche y su oscuridad, mientras me rindo entero a este domingo soporífero, día de descanso y familia. Para mí solo un día perdido. Escribo con culpa porque he faltado a esa cita sacra que adosa mi fe a la figura paterna de Dios y mi verdadera intención es aludir a esa panacea que, paradójicamente, envenena mi cuerpo. Mejor dicho, “atenta” contra su templo.

Vengo de sentir, saborear y lucubrar dos madrugadas seguidas bajo el amparo de 38% de alcohol de un ginebra barato. Lo hice sin remordimiento, porque mi mamá, a quien poco le gustaría leer este texto, me enseñó que la vida es mucho más que solo caminar; por eso, además, decidí beber. Parto del punto por el cual somos víctimas millones de beodos felices: la mirada sesgada de “señoritas” y “señoritos” prejuiciosos, y uno que otro ‘achapado’ cínico, que piensan que copear es simplemente una excursión costosa y turbulenta al borde de la ebriedad. ¡No señor! Es mucho más que eso.

Era una tarde de primavera con delirios de invierno. Viernes, las clases habían muerto a la altura del medio día, el sol se reflejaba sobre los rezagos de una antigua lluvia y dos cómplices adictos se unieron a mí con las ganas vivas de cumplir el único deber que no da pereza. Matar la sed. Jacobo y Daniel. Puntuales únicamente para palpar con delicadeza la excelsa figura de una botella.

Habíamos llegado con prontitud al mercado de Salvatore, un italiano amigable que luce con alegría su vasta sonrisa cuando pisas su tienda. No había mucho que pensar, cinco litros de un vino ordinario -del que seguramente él mismo pisa las uvas para hacerlo- y tres litros de cerveza, por si hacía falta. Eso sí, todo de lo más económico. “¡Viejo cacorro!”, pensé dentro de mí después de recibir un afable sopapo de su inmensa y carrasposa mano, después de pagar.

Daniel, que es un borracho con horarios, nos apura a llegar a esa reunión casi semanal que nos ata a lo jocoso, antes de que el sol se despidiera melancólico entre las montañas. Y ahí estábamos, sentados en la silla de un parque impoluto que solo recurría ancianas feligreses de la iglesia que está al lado. Yo, que quería esconderle a Dios mi pecado, estaba condenado a compartirle a su orilla mi mancha.

Caía la tarde entre Vallenatos, Pasillos y Boleros. Bajo la voz del ‘Ruiseñor de América’ llegamos a ese tema insufrible. La muerte. Y es que para un tipo sensible como yo, después de un paro cardiorrespiratorio y 15 minutos de muerte súbita, el óbito es un asunto que en cinco sentidos se vuelve agobiante. Lo recuerdo y me estremezco dentro de mis temores.

¿Qué hace el alcohol para embellecer lo rotundamente imperfecto? Me sigo preguntando y más ahora que comienzo a carecer sus mágicos efectos. Tal vez fue el hecho de estar cerca una iglesia, pero la cuestión llegó a nosotros como un tsunami de carcajadas. Sí, nos reíamos de esas situaciones adversas que años atrás nos entristecieron. 

“Esa gente que va a los velorios solo a tomar café”, decía Jacobo. “¡Oe! O el tío borracho que quiere abrir el ataúd”, replicaba Daniel. “¿Qué me pinta la vecina chismosa que se va a rajar del muerto? “¡Ja! Ese como era de sinvergüenza””, agregaba yo emulando la voz de cualquier vecina. Realidades comunes que en su momento fueron dolorosas, pero con tres vasos del vino de Salvatore se convirtieron en acontecimientos festivos. Recuerdo persignarme con cada comentario. 

Incluso Jacobo, que es un borracho de pocas palabras y grandes asentimientos, desdibujaba su cordura para citar con alborozo cualquier instante luctuoso, que entre aplausos perdía su aflicción. Porque sí, Jacobo aplaude cuando está contento. En otras palabras, cuando está ‘prendo’. 

Cuánto valor hay en escuchar a Julio Jaramillo y sentirse tan vivo. Un bohemio mujeriego que murió a causa de una cirrosis por alcoholismo excesivo. Dipsomanía que compartimos y nos funde en la irresistible voz de un tipo que entregó la vida a sus pasiones, atizando el alma de borrachos como nosotros.

No es que la muerte en sí cause gracia, es que el alcohol permite ahondar en sus estrecheces de forma genuina, sin tapujos y sin miserias. “Parce, díganle a mi vieja que me entierre con la camiseta de Boca”, inicié suplicante. “En mi velorio no tomen adentro, sino afuera donde mi mamá no vea”, sentenció Daniel. “En el mío sí beban donde quieran”, contrarió Jacobo.

Borracho quiero morir antes que mi mamá, porque me resultaría insoportable vivir su muerte. “Díganle a mi viejita que no sufra, que ese siempre fue mi deseo”, establezco en cada merluza. Borracho quiero morir antes que mi mamá. Sobrio también. 

Lo afirma alguien que teme. Seguramente la muerte no sea nada jovial para nadie, pero precisamente el acto de doblar el codo aduce a motivos más profundos que solo embriagarse y poder razonar sobre cosas tan cotidianas como la muerte. En ese sentido, claudico ante la bebida, porque ella me hace fuerte. 

No pretendo ceñir excusas que justifiquen mi debilidad al amargo beso anisado de una absenta, al viaje ligero a Jalisco de un tequila o a la humildad acerba de un ron. No pretendo justificar a Daniel y tampoco a Jacobo. Pero que no nos tachen de simples borrachos. Que Dios y mi madre me perdonen, pero beber es mucho más que eso.

Cristian Camilo Gómez


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