El olor de las nubes al atardecer

Foto tomada por Jacobo Jurado

Se firma en Fisciano, Italia, tal vez a las 5, tal vez a las 7.

Una bola de fuego se empieza a desparramar como miel sobre las paredes anaranjadas, nos encuentra pequeños, pero llenos de sonrisas pícaras que auguran el canto de las voces encuarentenadas que no permiten apagarse. Los arreboles desprenden un olor a noche que sugiere donar el hogar al agasajo del baile. 

En los vientos carrasposos de la mañana me tomo un vaso de agua escuchando un rock lento y orino dos veces. Después, como un chismoso, en el idilio entre la luna y el sol me tomo cinco vinos escuchando una cumbia del sur y solo orino uno. Qué delicadez  y qué detalle de ese jugo uvado esparcirse así en mi sangre, haciendo estragos y distribuyendo ventura y entono en el pulso, ritmo en el corazón y colorete en las venas. 

¿Es el vino o es la música? 

Es que a mí el calor me sabe a cumbia. Por ejemplo, al ánima de Andrés Caicedo yo la respeto y la admiro, pero le cargo un reclamo personal que después de la vida le voy a hacer. Un personaje suyo, un tal Rubén Paces, azucarero atorrante, que tenía un gusto corriente por la salsa, se empeñó con aires menospreciadores a criticar la cumbia, como si los gustos tuvieran intelecto. Lo que sí tienen es vehemencia y si ebrio me encuentro con semejante guevón procedo a practicarle una muenda. 

Es que el personajillo llegó al punto de repartir afiches en la Cali de letras de Caicedo que decían:

El pueblo de Cali rechaza

A Los Graduados, Los Hispanos y demás cultores del <<Sonido Paisa>> hecho a la medida de la burguesía, de su vulgaridad. 

Qué grosería la de Rubén, profanando con insolencia. Seguramente no conoció El pescador de Barú. Lo que sí le venero es haber caído en las delicias de María del Carmen Huerta, una rubia como aquellas, de pelo brillante y cachetes rosaditos que es el amor ficticio de mi vida. Cayó el sol y vivió la luna redonda como el culo de mi vaso. Un Cuartetazo por aquí y un Limoncito con Ron por allá. No soy ganador, pero me conformo con los guiños y emociones que hacen catarsis de mil colores derivados del verde, la rutina es entretenida y al amanecer las suelas desenfrenadas y pegajosas de vino de todos los danzores coinciden en que fue una buena noche.

Jacobo Jurado

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