El limonero

Este limonero, que me ofrece la última sombra tibia del verano, no es limonero, pero huele a limón. Las palmeras, que sí son palmeras, se mueven menos que las moscas que se pegan, con su vuelo fugaz, a mi libreta y a mi piel (que a estas alturas son lo mismo).

Los malecones están hechos para los solitarios que tienen tiempo de ahogar sus pensamientos en las aguas del mar. Porque las parejas, los tríos, los cuarteros y demás, usan las palabras para silenciar el grito de las olas y los ojos para ver ojos y suelos en los que pueden caer.

Las gaviotas tienen un aleteo triste y guindan las chalupas, lanchas, y buques apoyados sobre el mar plateado de un crepúsculo que canta, junto a Fito, que prefiere estar al otro lado de un camino donde las gaviotas aleteen felices.

Foto por: Ana Russo

Hoy puedo ahogarme con mis palabras en los remolinos del mar que aprecio.

Durante diez meses caminé este malecón ignorando el perfume del limonero que no es limonero, el vuelo triste de las gaviotas y las canciones entonadas por los atardeceres.

No estaba solo.

Me gustaba caerme en los ojos de esas dos mujeres, y tanto tropezarme con ellos me causó heridas que su ausencia mantiene abiertas.

Dentro de poco, las luces flavas de las lámparas de este pueblo con mar, iluminarán con languidez mi libreta y mi piel (que a estas alturas son lo mismo).

En su momento esta libreta también fue la extensión de esos dos cuerpos. Les inventaba virtudes y les creaba defectos.

Dichos ojos ya tienen otro mar. Las miradas de esas dos mujeres hoy pertenecen a dos locos que, quizá, ignoren que es más delicioso caer sobre tales pupilas, que mirar y ahogar pensamientos en la corriente del mar.

Daniel Muriel

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