Cali después de la ciudad

El Petronio me presentó a Cali y yo dormí con ella. Afianzó un antiguo pensamiento: en ese rincón de mundo yo podría habitar con mi felicidad incompleta.

Llegar

Hace luna y tengo encima la jornada de un trabajo que por fin dejé. Mañana es viernes y debo estar a las 8am en la Torre de Cali para asistir a una conferencia. Pero hoy es jueves de Petronio, y la juventud, después de secuestrar mi cansancio, me aconseja, “vea, nos enrumbamos hasta las 3. Tomamos suave y mañana: un buen café, un Sal de Frutas y sale”. Hay razonamientos que son imposibles de desarmar.

Petronio

La romería de personas, la marimba en los oídos, las caderas estridentes, el patacón, el viche y el ébano en la piel. Llegué. La señora Lucía me habla de licores curados, de arrechón, de guarapo, y cada dos palabras una copa atraviesa la conversación. Lucía tiene un pañuelo fucsia sobre la cabeza y un vestido del mismo color con recuadros amarillos, blancos y azules.

“Esto es pacífico – me dice con la mano al hombro – así va a conocer a Cali”. La miro confundido, observo la copa vacía y dudo de la procedencia de ese menjurje. Ella se ríe y la magia comienza.

Allí, en mi soledad, escucho la voz y veo los ojos del nombre de este territorio. ¿Qué tenía esa copa?, pienso, pero Cali me persuade, y me saca a bailar.

Foto: Daniel Muriel

Cali y yo

La pócima hace afecto, y veo que Cali es trigueña, de mirada felina, ya sea por los gatos de Tejada o por la profundidad de su historia.

Pienso en la señora Lucía, se reirá de mi viaje o estará sintiendo vergüenza ajena por mi caminar desinhibido. 

Cali me agarra la mano y me aconseja no dormir. “Vamos por salsa”. Cali sin salsa, sin calor y sin América, es un despropósito.

Son las tres y Cali me insta a seguir bebiendo, pero mi autodisciplina sale de su escondite y por las orejas me saca de un estanquillo de la quinta. Mañana nos vemos, Cali.

Viernes

La conferencia es un mar de conocimiento. El efecto de la pócima de la señora Lucía se va del cuerpo en la siesta del medio día.

 Desde la altura de la torre comprendemos que, con la llegada de la luna, la mejor solución es terminar la jornada en el festival afro más grande de Latinoamérica.

Oigo cantar que San Antonio ya se va, ¿a dónde? Lo ignoro, pues mi único propósito es encontrar a la señora Lucía para que me devuelva a Cali con algún licor envenenado.

“Hola crespos locos – tres copas endiabladas a la garganta – ¿Cómo te fue anoche con Cali? Esperame termino un masaje y me contás”, dice con ojos vivarachos la señora Lucía.

Cali, otra vez

“Meté la mano sacá y huelé”. Cali es atrevida. Hijos de la diosa noche bailan alrededor de Cali, es una danza excitante. Soy de nuevo esclavo de sus designios.

Los tambores cesan. “Vamos por salsa”, y aquí no diviso dónde comienza Cali y dónde termina la cola del diablo. La madrugada nos acompaña bailando en El Rincón de Heber. La hidratación: una pola y los rezagos de la pócima de la señora Lucía.

“Vámonos”. Cali manda.

Alborada

En ciernes, la alborada de Cali aroma a choco break blanco. Abrazo a Cali y me olvido de Pereira. El cielo azul perfora la cortina colorida y el éxtasis de haber recorrido Cali me arrulla. El efecto de la poción se disipa y el sol me muestra el rostro de una Cali trasnochada. Pereira me reclama.

La magia de la señora Lucía me hizo dormir con una ciudad que tal vez no vuelva a caminar. Es Cali después de la ciudad.

“Sobre el Cerro de las Tres Cruces sale la luna. Este cerro se parece a un calvario. Según la leyenda, las cruces fueron clavadas en la cima para que el diablo no entrara en la ciudad. Pero el diablo ya estaba en Cali. Por culpa de las cruces no pudo salir y se quedó aquí viviendo”.

Daniel Muriel

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