A mamá

Para hablar del amor incondicional de las madres, puedo botar una sarta de frases donde las comparo con las flores, los arreboles, los mares y con todos los dioses que puedan existir. Pero las historias son las que se enquistan en el recuerdo de los que leen o escuchan.

Foto por: Consuelo Correa

Y para hablar del amor sin mesura que tiene mamá por Edward y por mí, puedo contar miles de historias donde ella prefiere por encima de su bienestar, el nuestro. Sin embargo, Consuelo va a tener que disculparme, porque hay una historia con la que cargo desde niño y que siempre me asistió cuando los adagios tratan de exaltar el nombre de una madre.

¿Qué tienen en común un 31 de diciembre, una familia, la lluvia, golpes y machetes?

El día más viejo del año amaneció rucio como la barba de un hombre añejo. Edward, con una fiesta encima de varios días, caminaba sobre las tejas de la casa de Mariano buscando coger las ropas que lo iban a vestir en la noche. El techo endeble no resistió con el peso de la existencia loca de Edw y se desmoronó, mandándolo a él a las baldosas del segundo piso de esa casa.

Yo llegué con mamá cuando el último sol del año se había marchitado. Jugué con mis primos los juguetes que una semana atrás nos había bajado el niño dios, y visité la cama donde Edward se lamentaba del dolor de espalda.

Cuando volvía al cuarto contiguo, entraba una casi prima a verlo a mi hermano, quien años después, con la picardía que lo caracteriza, me contó que esa casi prima lo último que buscaba era hablar, y lo primero que agarró fue su sexo para consolarlo oralmente.

Los cunchos de aguardiente en copas de plástico, las canciones de Rodolfo, las lucecitas de colores adornando las fachadas y la pólvora espantando la parsimonia del barrio. Edward, con su espalda renga, acelerado buscaba la puerta para irse a enrumbar en la olla de la 13, donde tantas pilatunas cometió y donde tantas veces se desconoció a sí mismo.

El olor a aceite quemado, los ojos desorbitados de algunos familiares y el tufo de otros, indicaba que el año había nacido hace un par de horas. Según Medicina Legal, en el 2005, hubo 17.331 homicidios en Colombia. Es decir, tres asesinatos por hora. El calendario marcaba 2006, y Edward, que tantas veces ha bailado con la muerte, casi queriendo, casi sin querer, estaba iniciando a ser cifra en una madrugada que abría un nuevo expediente para los entes judiciales. Y los que dibujaban su número eran sus dos tíos maternos.

Todos querían atajar a Edward. Las principales eran mamá y la abuela. “Mijo, quédese, ¿a qué se va a ir por allá? Vea que está lloviendo”. En medio del forcejeo, la abuela se golpeó con la puerta, y la persona escandalosa que no puede faltar en una familia (porque una familia sin chisme ni alboroto no es familia sino un grupo de personas mal tejido) empezó a gritar: “¡Edward le pegó a la abuela!” y repetía moviendo las manos como si estas quemaran, “¡Edward le pegó a la abuela!”.

Yo corrí hasta las escaleras, donde tenía una perspectiva de toda la sala, y me prendí de un tubo que llega hasta la buhardilla. El tío Mariano, macho marchito, sin tierra ni nido, lo agarró bien por los hombros y lo intentaba golpear. Edward, joven perdido, con la espalda magullada, daba pelea.

En este instante, con el afán que avanza un comandante que ha recibido órdenes de sus altos mandos, bajó por mi izquierda el tío Danilo, pobre de espíritu, otro irresponsable de la palabra, y con una patada elevada, en esa madrugada lluviosa, atravesó la sala e impactó el pecho de Edward. Él quedó sentado sobre una poltrona que no recuerdo el color. Quizá azul, quizá verde, quizá, seguro, no importa.

Mariano lo sostenía y Danilo lo golpeaba. Ese actuar camorrero es la síntesis de la existencia de ellos.

Mientras, yo miraba con asco, sobre todo hacia mi interior. La valentía con la que no actué me carcome hasta ahora, incluso cuando trato de ser feliz. Esa cobardía de mis nueve años me marcó para siempre.

Foto por: Consuelo Correa

Mas consuelo, devorada por el desespero de la injusticia, junto a la abuela, después de ver que los gritos y los manotazos no paraban a ese dúo de gorilas desnutridos, corrieron a la cocina para buscar con qué detenerlos. La abuela cogió un palo y mamá un machete.

Como una leona que defiende a su cría, la vi a mamá, que entre planazo y planazo, espantaba a sus hermanos (que a veces pienso portan inadecuadamente nuestra sangre) de su primogénito, el perdido, el loco, el caso aparte.

Cogiéndome la mano y empujando a Edward nos sacó de esa casa. Edward blasfemaba. Si hoy viera su altanería inservible ante ella. Yo enmudecía. Hoy veo mi quietud inapropiada. En el viaje del taxi a casa, el loquito de Edward salió del carro en medio de un viaducto vacío de presencias humanas. Al otro día él gritó de dolor.

Me siento un pecador en el mundo divino de mamá ¿Por qué elegí una historia violenta para hablar de su amor incondicional para con nosotros?

Tal vez no tenga justificantes, pero nunca volví a ver en mi corta edad un instinto de supervivencia así para otra vida. Edward, la prolongación de su existencia, su legado en la tierra. Ella no soportó verlo ultrajado por dos hombres violentos que cuando les conviene se hacen llamar sus hermanos.

Mamá, perdón por mi silencio prolongado por tantos años. Hoy puedo escribirle y escribirme que yo también daría mi vida por usted.

Daniel Muriel

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