Perfilando el olvido

Silencio en la cámara. Solo la fricción de mis pensamientos rompe esta fragilidad muda. Estás ahí, dormida sobre las sábanas que impregnan los deseos arcanos que planeo noche a noche contigo. Si despiertas acabaría la contemplación de tu alma estancada en el tiempo, en la eternidad de este presente quieto, inmóvil por tu ausencia.

El reloj ignora los designios del minutero, y resta para observarte en la inmensa paz de tu respiro abigarrado de pecas marrones, como parcelas de belleza, como frutos secos tatuados en tu rostro, más oscuros cuando respiras lascivia y más claros cuando reposas.

Foto por: Felipe Argüello
Edición por: Poison

No te voy a amar toda la vida. Eso lo sabes.

En esta quietud y en la condena de este cuarto exiliado del mundo te prometo amor eterno. Pero la vida, mami, es una avalancha que devora estas parsimonias.

No puedo amarte porque volaré lejos, más allá del límite del mar, donde la fantasía es un germen que transita por cada imaginario social.

Debo partir, y sabes que no te amaré más. Serás un recuerdo sin cuerpo, una sonrisa a la deriva de mis mañanas empapadas por el vaho del café y por el florecer de la aurora en la cresta de alguna cordillera.

Por eso no despiertes, porque quiero amarte ahora, darte todo el amor que nunca sentirás de esta piel, por los momentos que nos privaremos de vivir.

Estoy feliz por la presencia de tu alma en el rincón de mi mente.

Serás la inefable mujer con cuarenta pares de medias, con duchas a las tres de la madrugada y cenas a las cinco de la mañana. Enarbolarás el amor pausado a los confines de la redondez de mi mundo.

Duerme, que mañana y un par de meses más, tendremos que aprender a olvidarnos en siestas como esta, a la una de la tarde.

Y el destino mañoso tratará de convencerte, con sus jugarretas necias, que sí te amaré toda la vida. Se equivoca en su noble propósito de decirte la verdad, porque, siendo sincero, al ver surgir tu cabello fogoso, tu nariz pronunciada y tu respiración de sinsonte, acepto que podría amarte o jugar a no olvidarte.

Cuando escribo siento que me miras y que, a través de los espejos de mis ojos, logras traducir en tu mente esta lengua que inicias a entender, a esta mente de comportamientos mesurados la descifras, y logras sumergirte en el lodazal de mi consciencia, en el edén de mis utopías y en las esquirlas de mis detonaciones pasadas.

Pasas a mi alma y abrazas el rinconcito que tejí para ti. Lo miras y sonríes complacida.

Estás orgullosa de mi esencia porque sabes que nunca podré borrar el bamboleo de tus caderas, ni la diafanidad de tu ser, ni la limpidez de tu aura.

Cuando me desvanezca de este sitio, me iré vacío de ti, asfixiado por tus presencias corpóreas y tus pensares etéreos. Serás la venus que nacerá en cada sorbo de vino tinto y en cada mar de pasta.

Así que hazme un favor por el resto de mi estadía y de mi regocijo: Mami, por favor, ¡no despiertes! Sigue respirando colores: amarillo, escarlata, jade, jade, jade.

Daniel Muriel

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