Anomalía

Algo muy raro sucedió. Todo empezó cuando Japo me llevó a una rumba donde el suelo era cielo y el techo era una marea flava. Las personas eran luceros muy azules sobre un espacio renegrido y se desvanecían en los intervalos de la música que bañaba la finca.

Yo quería ron y vallenato, o guaro y Héctor, pero la electrónica de polvos claros mantenía a ese montón de culicagados en algún viaje sideral al que, dicho sea de paso, yo me prendía.

Eso no fue lo raro. No me extrañó que mi melena mal peinada hiciera parte de un todo con mi pies en medio de esa expresión musical que nunca movió mis intereses.

Tampoco fue extraño cuando vi los ojos de un idilio italiano enterrados en un embalse del Cauca, ni cuando Sebas dijo que el Cauca corría de sur a norte como si la tierra fuera plana.

Sentirme extranjero en cada rincón de mi país es una constante, pero eso dejó de sorprenderme hace mucho. Lo raro no fue eso.

Lo raro pasó una noche que empezó en la tarde de mi barrio.

¿Han visto que las nubes nocturnas tienen sangre cuando va a llover? Lo raro fue cuando vi una cabellera feral adornada por un hilo cayendo de una sonrisa.

Foto por: Daniela Vélez Valderrama

Creí estar alucinando de nuevo en la finca junto a Japo cuando me vi acurrucado sobre un arrebol en una sábana blanca. Seguramente no fue tan así. Tal vez no sucedió.

Porque, ¿quién puede ser zamba y bailar sobre barcos que vienen de la Habana? ¿Quién puede besar veneno en la cancha de mi infancia? Sí, estoy seguro que no sucedió, pero qué raro sentir en el fondo que mis seguridades son mentirosas.

¿Fue entonces mentira que a Beté llegó una canoa que alguien había mandado a traer?

Sé que esta sarta de letras parece una mezcla de pensamientos cazados a la deriva. Pero si esa cabellera ensangrentada leyera alguna de estas líneas comprendería todo, e incluso, empezaría a sentirse ficticia, se creería una alucinación en una finca o el esbozo de un delirio sobre una canoa en el Cauca.  

Ahora estoy en el Valle tomando aguardiente blanco y ya hicimos vaca para el garrafo. Lo normal es que nada de estas líneas me parece raro, lo único anómalo es ella.

Daniel Muriel

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