Ahora, como siempre

De entrada, tengo que hacer una terrible confesión: soy un ‘quejón’ de aquí a Wuhan, noooo, de aquí a Nairobi o a cualquier otra parte. Todos los días me quejo porque no tengo tiempo, porque el trabajo me implica tantas actividades que no me deja respirar, como si se tratara del Coronavirus. Sí, chiste perverso, que es la segunda parte de la confesión: soy malísimo contando chistes.

Por lo pronto, en este confinamiento que vivimos para evitar la propagación del Coronavirus, tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena es que estoy tranquilo, muy bien de salud y riéndome como siempre; la mala es que sigo sin tiempo.

Llevo 11 días sin salir a la calle y, para mi desgracia, aún no logro saber cómo es que varios de mis amigos dicen que están cansados del encierro, que el exceso de tiempo libre los sume en un aburrimiento descomunal. Qué pesar que el acto de deambular sin un norte definido haya sido satanizado al relacionarlo con la mediocridad y la vagabundería.

Puede ser que yo tenga una fortaleza mental envidiable o que sea un ser paquidérmico y atolondrado que, con extremada lentitud, no logra avanzar en sus tareas; me luce que esa segunda opción va levantando la mano. Vea, ya me estoy quejando.

Mejor les cuento que desde el lunes 16 de marzo trabajo en casa, todo el día frente a mi pc. Adapté un pedacito de la sala como mi oficina, con un escritorio que tenía subutilizado, con reblujo, en mi cuarto. Vivo en un apartamento ‘chiquito’, como los del centro de París.  Y digo París no en busca de estatus, sino porque para mí todos los apartamentos de esa zona de la capital francesa son como cajitas de chicles.

Ahora, mi oficina me queda a siete pasos de la cama. Ya no tengo que recorrer los 50 kilómetros entre mi apartamento, en el norte de Armenia, y La Católica de Pereira, donde trabajo.  Ahhhh, pues quién me manda, que es culpa mía, que soy un tonto por seguir viviendo en el Quindío cuando llevo seis años larguitos trabajando en ‘La Perla’. Pueden que tengan razón, pueden.

Foto tomada por Jhonma Zuluaga

Ir por tinto, ahora, no me implica caminar 200 metros hasta la cafetería Roja. Y debo gritar, con toda la pena que me da con Camila, dueña de la cafetería, que mi tinto es mucho mejor (comentario exclusivo para uceperianos).

Muy a las ocho de la mañana, me siento en mi nueva oficina, al frente de la cocina. No dejo de recibir las llamadas y mensajes de profesores, padres de familia, estudiantes, graduados, directivos, amigos míos y amigos de mis amigos, con sus peticiones, quejas, reclamos, felicitaciones, saludos, entre otros. Doy clase, asesoro, hago informes, redacto proyectos, corrijo textos, adapto mis cursos a diferentes plataformas, gestiono, lavo y plancho.

Me luce que ahora, en tiempos del Coronavirus, trabajo más. Ahhh, también recibo la solicitud amorosa de mis estudiantes de movilidad demandando más tiempo, más atención. Sigo atendiendo todo como si no pasara nada, a pesar de que afuera, en el mundo, pase de todo.

El pasado fin de semana, con puente incluido, no trabajé. Tres días y no hice toda la comida que pensé, no me vi todas las películas y series que quise, no dormí todo lo que soñé, no escuche la música ni leí los libros que presupuesté; se me fue el fin de semana como siempre: volando. Eso es terrible para un humano que sabe que, en este sistema, su valor es tasado por su productividad.

Una leve sospecha se incrementa: soy un quejoso detestable. Olvidé confesar algo más: hablo mucha ‘macumba’ y pierdo el norte de una conversación con extremada facilidad, tanto así que la motivación de este texto era expresar mi sorpresa por esos mensajes que pregonan que debemos despedirnos de este mundo, ya que todo cambiará tras la superación de esta pandemia.

En serio, quisiera reírme, pero no lo hago por respeto a muchos de esos profetas, quienes en su mayoría son amigos míos. Aun así, ante tanta candidez, no puedo callarme.

Es cierto que en las circunstancias actuales contamos con una gran parte de la población sensibilizada, que reflexiona sobre los pilares de nuestra sociedad, sobre los valores y principios que debemos cultivar. Algunos se han acercado más a Dios, como pasa en los temblores o en medio de noticias trágicas.

Pero creer que la sociedad sufrirá una transformación estructural a partir del Covid-19, que con cierta bohemia debemos “despedirnos de aquel mundo que ya no será más”, me parece excesivamente ingenuo o descaradamente estratégico.

Adiós a los conciertos, a los partidos de fútbol, a las funciones en las salas de cine, a las misas en las iglesias, a las clases en los salones, a las rumbas. Adiós a la falta de solidaridad, al egoísmo, a la vanidad, al orgullo. Bienvenidos a un sistema depurado; la pandemia ha hecho a un hombre nuevo. Palabrería, vana y simple palabrería.

Obvio, el miedo y la reflexión alcanzarán para movilizar buenas obras por unos meses, hasta que volvamos a ser nosotros. Superada cada pandemia, como cuentan los libros, regresamos recargados, más buenos y más malos, como siempre.

Por ahora, que cada uno haga lo que esté a su alcance para no enloquecerse por el encierro. Si son felices con sus fotos ligeras de ropa, no paren. Si sus Tik Tok les llena el alma, no paren. Si patear el papel higiénico los entretiene, no paren.

No planeé dejar la discusión importante del texto para lo último, cuando me quedaban pocas líneas, como pasa en la vida. No me jacto por ello, pero tampoco me arrepiento; soy humano, de eso no me quejo.

Jhon Mario Zuluaga

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