El Mismo Mundo para Todos

Foto tomada por Jacobo Jurado

La madrugada de ataques de mosquitos en la guerra oscura entre sus alas y mis manos. El murmullo de la ciudad que actúa como despertador con sus cláxones y taladros en la alborada.

La manta de sudor con que arropa la humedad. La ducha corta de agua fría para ahorrar dinero en el recibo de fin de mes y el café largo para espantar a la modorra.

Secarse y sudar, vestirse y sudar, salir y sudar. La caminata al trabajo, el trabajo con un patrón de mierda. Clientes buenos o con cara de culo, las miradas coquetas con mi colega, el recuerdo cómplice de lo vivido de la noche anterior.

En las sombras de los árboles los pensionados buscan la indignación diaria en la prensa, la prensa que indica que todo puede ir peor. La sección de deportes con el gol de la semana, la tertulia de los intelectuales desempleados de fútbol, su lenguaje, siempre renovado, basado en ese parnaso del balompié donde ensalzan y acribillan a sus propios equipos.

El almuerzo y sus afanes, las corbatas que tentadas buscan caer sobre el plato. La laguna de sudor sobre la espalda, los sobrados, el agua, la cerveza o el jugo que no sacian la sed del sofoco, la fila en el baño, el baño sin papel.

Los buses y sus manojos de gentes que sueñan con ir cómodos en un carro, el del carro anhelando tener chofer que le maneje, y el chofer soñando con ir en un bus hacia ningún lugar.

El tedio del viento cansado de la tarde. El sol resbalando por el cielo, la canasta de basura abarrotada hasta la superficie, el perro criollo que come del rebose de ese basurero que huele a descomposición.

Los bancos y sus dineros se acuestan a dormir a plena luz del día, y las carnes salen de esas oficinas “dentro de una gabardina con manchas de soledad”.

La ciudad recibiendo buques y turistas. La prosperidad disfrazada de hoteles. En las afueras, la pobreza enmascarada de cotidianidad con sus barrios y pueblos repletos de nadies.

El piropo del gordo, del flaco, del calvo o del peludo (seguro siempre ordinario) a las mujeres y sus polleras alzadas al viento para el disfrute de los suelos.

Los abrazos de reencuentro, las lágrimas en las heridas, y la beata paseando al perro con ínfulas de capitana de su vida.

La luna y su cambiar de sentires, de descanso para unos, de trabajo para otros, de refugio para locos. Los bares y su perfume a cerveza seca sobre la barra, la pelea de dos borrachos que jamás se conocerán y los amigos y las mismas conversaciones que exigen un cambio de vida que nunca llega.

La cena en casa: en pareja, en familia, en amistades, en soledad. Los resúmenes del día detrás de una pantalla, las estrellas, el sudor, los platos sucios y el famoso “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” queda en promesa sin cumplir.

La cama como deleite, como descanso, como prisión. La programación de la alarma, el día que se fue, yo que no cambié y opté por hacer siempre lo mismo hasta que la rutina me muera de verdad.

Monotonías: iguales en Cartagena, en Salerno, en Múnich, en Tokio y Estambul.

Al mundo lo une el aburrimiento.

Daniel Muriel

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