Del amor al odio

Y de repente ya no somos, cuando no se es, no se siente. No se despierta en la mañana anhelando un olor, extrañando una voz, contemplando una sonrisa.

Ya no somos porque no se siente la necesidad de apreciar, de percibir, de sentir. Las palabras se convierten en ruido y la voz se vuelve un murmuro en medio de lamentos y desdén.

No somos, pero no solo no somos para los demás, no somos para nosotros mismos, y eso es lo peor del caso. Cuando no eres ni para ti mismo echas un vistazo en el tiempo y quieres encontrar ese justo momento donde todo se dilaceró hasta el puto punto donde todo se transforma en odio.

Foto tomada por: Daniel Muriel

Transformar es hacer que algo cambie o sea distinto, pero sin alterar totalmente sus características esenciales. Pero entonces ¿Cómo el amor se puede transformar en odio? ¿Cuáles son las características esenciales del amor y del odio? ¿En realidad son tan diferentes?

Un día amas, cuidas y proteges. Pero al siguiente ofendes, degradas y humillas. ¿Cómo es posible pasar de un extremo al otro sin sentir el más mínimo síntoma de cambio, el más minúsculo e insignificante rasgo de vergüenza en la cara? Las palabras tienen esta habilidad de expresar sentimientos y emociones. Son puñales tan afilados como dagas voladoras que van y vienen al mejor estilo de un malabarista novato en el circo, quien se siente entusiasta porque aprendió a utilizarlas, pero no se da cuenta dónde van a parar, llegando estas a causar daños irreparables, que luego ni obsequios, ni dinero, ni atención van a poder remediar.

Y ahí está, la cuarentena como excusa perfecta para detonarlo todo. Tic tac, tic tac. Cada segundo que pasa es como si una máquina averiada esperara el momento adecuado para destruirlo todo. Como si el pretexto tomara vida y aprovechara el instante perfecto, con el contexto exacto para hacernos estallar, para zafarnos los tornillos que nos ajustan la coherencia. Como si nos faltara el aceite a la hora de tomar decisiones, pero ahí seguimos, diciendo “la cuarentena”, como si esta misma fuese la que pierde la cordura y nos justificamos, nos resguardamos como niños debajo de las faldas de su madre en la multitud, faltos de gallardía y de todas aquellas características que nos definen como hombres, hombres que hace mucho tiempo olvidaron lo que significa ser un caballero.

Y así transcurren los días, amando, pero pasado mañana despertamos odiando, y de nuevo, la Apología. La diferencia entre madurez y madurés es que la una es florecer y salir de ese estado verdoso en que habitamos, cuando se nos cana el cabello o se nos cae. Todos esos cambios que algunos llaman “los golpes de la vida”.

Y la otra, la otra sí que cuesta aprender a escribirla cuando estamos frente a un espejo. Y sobre todo si entendemos que a quien le hablamos no es a la idealización que tenemos de nosotros mismos, sino, por el contrario, a la pura y simple realidad. Cuando miras ese reflejo que no estás seguro de querer aceptar, pero que entre letras lo descubres y se te presenta sin poder hacer nada. Es lo que eres y nada lo va a cambiar.

Un día más, una noche de mierda menos y la misma puerta amarilla, el cabello sobre la almohada y la pregunta ¿Hoy será amar u odiar?

Omar.

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