Capurganá

El hálito fresco de la madrugada azabache, el chocolate y su vaho cubriendo el rostro del corre corre de mi familia, las sábanas arrugadas sin pretensiones de ser ajustadas, la voz trasnochada al teléfono que espera la respuesta entre grillos y lagartijas que se esconden detrás de los cuadros de la sala, maletas delante la puerta metálica y pálida, y un recorrido hasta el terminal con las estrellas todavía despiertas, con la luna y su agitado brillo. Guardamos las maletas en el baúl del bus que es guiado por un cartelito que dice ‘Medellín’. Es oficial, el viaje familiar empezó.

Foto tomada por: Edward Muriel

Yo adelante con mi hermano, descalzos y somnolientos, al costado mamá y papá, hablando de nada. Las montañas cobijadas por la niebla, las carreteras guindadas por el Cauca, la planicie, la escalada y el deceso. Medellín es una prímula en el jardín colombiano. Almorzamos. El estómago contento y los pies curiosos caminan sobre un cielo opaco y bajo un suelo escurrido que fue mojado antes de nuestro arribo. Un taxi nos porta a la travesía de un viaje de 12 horas hasta el húmedo Turbo, como la epopeya del héroe. Peripecias, taxista con cistitis, derrumbes, lodazales, platanales, abismos, grupos armados que no conocía.

Nuestro deseo es llegar al cuarto de algún hotel. Mi objetivo es descansar, el de mi hermano un par de prostitutas negras en nuestra alcoba. Una orgía griega junto a él sería una epicúrea diversión, entre cabellos despelucados como claveles ébano, alcohol ajeno de prejuicios, drogas portadoras de arrebatos. Lo que pudo ser una experiencia inolvidable fue un nada. Recién tenía 15 años y era tímido con las mujeres, odiaba el trago. Y la ilegalidad, junto a una familia de ilegales, me parecía una bruta redundancia. 

Hace día. Es mi reencuentro con el mar. Ignoro el pasado de esclavitud y me pregunto callado por qué todos son negros en un municipio de Antioquia. Las calles están hechas de charcos y barro. También hay asfalto, el aroma de puerto, la sal pesante sobre el pecho, el humor del pez y el perfume del marisco, salsa y dance hall sobre los tejados. Puro tumbao. Papá habla con Orlando, señor acá, redondo como un bombo. Camisetas del nacional, hijos de la turbina Tréllez. Fútbol y océano.

Foto tomada por: Edward Muriel

La lancha carga con nosotros y otros blancos, estrato medio, que cargan con sus mediocres vidas que justifican con un viaje familiar al año. Atravesamos agua flava que azula de a poco su lomo. Saltan delfines, y saltamos nosotros con las olas agrestes. Al fondo una barrera azul, tal vez un muro, una trampa para peces que nos impedirá el paso, y se acerca cada vez más, o nos acercamos nosotros, el choque es inminente, pero a medida que avanzamos ese muro se deshace, se vuelve agua. Es un cambio de color abrupto que brinda el océano atlántico. Un retazo colorido. Celeste, azul, turquesa, marrón. Todo para llegar a la cristalinidad que circunda a Capurganá. Tres horas después tocamos tierra, madera de puerto. Tenemos cara de turistas que pueden llegar a ensuciar su destino. 

El pargo rojo y arroz con coco. Manjar que los del interior de Colombia ignoramos. Los granitos del plato se mueven por el retumbar de los pick ups del pueblo, salsa pa’ este plato, salsa na má. Es semana de rumba en la isla. Fiestas de la carne. El Festival de la Cigua es una mezcla de gastronomía nativa, licor regional, pieles quemadas, música por doquier. Cigua por un molusco marino, y festival porque en Colombia celebramos para ignorar nuestra tristeza.

Es 2011 y yo nunca me he emborrachado. Me siento ebrio, y creo que sea por el poniente sapote, o por las barcas a contraluz que son arrulladas por la marea que trata de imitar el meneo de las palmeras elevadas al cielo, o quizá sea la calidez que la arena blonda regala a mis pies enterrados en sus entrañas que me hacen cosquillas, podría ser el bamboleo de las gaviotas, la diafanidad del agua, o el silencio sonriente de los míos que se conmueven por ver el sol precipitándose ante el horizonte. Termino de beber mi segundo ‘coco loco’, y estoy seguro que es Capurganá el que me tiene borracho.

Hace un par de días una pelea pudo acabar la vida o las vidas de este núcleo familiar. Pero estamos con la mirada del mar que nos sonroja, es hora de limar asperezas. Y papá y hermano se abrazan y se dan cariño olvidando la belicosidad de la semana pasada. 

Es día de rumba. Los bafles adornan resonando tambores, cueros, África, bombo, caja y vientos, la pintura de las casas parece escurrirse ante la humedad, las vibraciones otorgan a los techos de zinc sonido de guacharaca y la fricción de los follajes de los árboles parecen palos de lluvia que reemplazan el ruido del aguacero que por estos días no ha visitado a Capurganá.

Papá y mamá se fueron a descansar. Estoy con mi hermano y un guía, que ya nos es más guía, sino amigo de parranda, por lo menos hasta las 7 de la mañana, hora en que tenemos que salir a una caminata ecológica, guiada por él, que conduce a una ribera cristalina. 

En la plaza del pueblo bebo de un juguito de fruta tropical, mi hermano va no sé por cuál número de cerveza pero ya su mirada no es fija y pareciera que probara a adivinar el futuro con cada pausa al hablar.

¡Si el viaje lo hubiéramos hecho en estos días!

Seguro mi jugo sería Ñeke o Ron, seguro las niñas nativas que me miran con cara extrañada por mi palidez de piel y que me invitan a quererlas, estarían llenas de las sombras de mis labios. Seguro sería el compañero ideal para mi hermano en la verbena. Pero no. Es 2011, y cansado le digo a él que me lleve hasta el hostal. Para mí es tiempo de dormir. Para él el reloj apenas dice que son las 11 de la noche.

Mi hermano ya no recuerda qué hora de la madrugada es, está en el punto en que cualquier invitación a seguir la rumba es buena idea. Entonces está en una casa, vecina de la pista de aterrizaje, con nuestro guía, varias fulanas y un señor de Medellín. Hay perico en la mesa, quizá whisky, y casanova no quiere pasar la noche solo, pero tiene una billetera desnutrida y cree que tan distinguidas muchachas se verían afligidas por la limpidez de su cartera. Por esos días mi hermano cargaba con el complejo de no ser rico. Y cabizbajo se va sin que su ausencia incomode a nadie.

Arriba al bar del pueblo y pide una cerveza. La saborea y se da golpes de pecho por no tener plata. Y adolorido, le dice al cantinero que le abra una cuenta en nombre del papá. Sus pesares se los narra a cuanto cristiano pasa cerca de él, y encima los invita a jartar.

Son las 7 de la mañana y junto a papá y mamá vamos al bar del pueblo que es el punto de encuentro para el inicio de la caminata ecológica. Mi hermano no amaneció en casa. Cosa rara. Pero pensamos que eso no nos puede impedir disfrutar del paseo. Al llegar vemos una camiseta negra doblegada ante una mesa plástica, y de sus mangas sale un brazo que todavía sostiene una póker tibia que se reniega a desaparecer. Descubrimos que la carne que llena esa camiseta es la de mi hermano. Lo despertamos y como si un jaguar cazara a la presa que esperaba con sigilo, llegó el tendero al encuentro y dijo que el paisa pidió fiao pa’ toel mundo y que la cuenta eran más de dosciennta barra.

Tal vez no suene a mucho dinero, pero para una familia alti-baja que nunca dio pie con bola en la rueda de la economía, es bastante. Tanto para acabar el viaje sin un peso.

Mi hermano se va a dormir la borrachera. Mi papá se va a dormir la rabia. En el mismo cuarto diminuto, que tiene dos ventanitas, un camarote, una cama doble y un ventilador viejo y ruidoso, durmieron los dos. Yo voy con mamá en una jornada lluviosa a conocer un señor que es famoso porque construyó su casa con objetos reciclables.

Hace luna. Esta ilumina los callejones de Capurganá a quien en esta noche le falla la luz eléctrica. Un restaurante, en lo que parece la esquina más privilegiada del pueblo, nos reúne de nuevo a los cuatro. Un montón de medusas hacen brillar la costa oscurecida. Se mueven como si fueran el pulso del mar, una nebulosa traída a nosotros para que el fin del viaje familiar nos lo bebamos sonrientes, pasándolo con pargos, mariscos, y jugos en leche.

Cruzamos el mar y estamos por una carretera que penetra paisajes de los platanales de Apartadó. Papá mira mudo el verde, como si se arrepintiera de algo en el pasado. Mamá tiene una pañoleta colorida y duerme detrás de unas gafas de sol. No quiere despertar nunca de ese instante. Mi hermano, con ojos vivarachos, habla siempre. Evita estar en silencio consigo mismo.

Nueve años después los cuatro vivimos separados. Y todavía, a pesar de tanta simplicidad, me atrevo a decir que ha sido el viaje más feliz de mi corta vida.

Daniel Muriel

3 comentarios en “Capurganá

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